fernando cabrera

Cabrera canta Mateo & Darnauchans con Edú “Pitufo” Lombardo

En escena canta un músico de músicos para músicos y oyentes fascinados por la música. Fernando Cabrera con chaqueta blanca, pantalón rojo y guitarra eléctrica se presenta solo en la sala Zitarrosa. Le acompañan instrumentos que evidencian la presencia de otro músico, en este caso, Edú “Pitufo” Lombardo.

Cabrera canta a los que ya no están, palpita en cada nota en un meritorio homenajea dos grandes. Se entrega. Habita el pasado y lo vuelve presente. Evita el olvido.

“Gracias por venir en una noche poco friendly” dice. Canta a Darnauchans. Canta a Mateo. Recuerda a poetas, músicos, amigos y compañeros. Nos muestra a un Darno prohibido en tiempos de dictadura, y a un Mateo camarada de experiencias.

Cabrera invita a Edú al escenario y mientras hablan pienso: ¿cómo hacen para sentir que estoy sola en la sala Zitarrosa? Cantan a dos voces, mezclan dos guitarras, juegan con la percusión como dos niños, “¿andás bien con los pedales?” le pregunta Edú a Cabrera, “de chico tuve un triciclo” contesta Cabrera, y entre ambos construyen una canción con una loopera colorada.

“Se acaba el sueño” canta, y siento que no, que el sueño comenzó con el primer acorde. Y me pregunto: ¿quién homenajea a quién? ¿Los vivos a los muertos o los muertos a los vivos?

Cantan El instrumento y se van. Vuelven y terminan con Príncipe azul. Encienden las luces y pienso: sí, esta noche se ha interpretado una música que no ha se ha de olvidar. Los muertos siguen vivos mientras haya una voz para cantarlos, una voz que transforme lo que fue, en algo que sigue siendo en otros, en algo que no podemos dejar atrás.

Imágenes: “Cabrera Canta Mateo y Darnauchans” – 08 de junio 2016 – Sala Zitarrosa – Foto © Silvia Pedrozo

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.







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