Imagen portada: Hostal Contraluz Art – Foto: Ana Oliva

Arte y turismo: una española en el paisito

Uruguay es un país pequeño repleto de hombros en los que apoyarse y ojos capaces de guiar, al menos, eso es lo que piensa esta “gallega” de pelo enredado al viento y melancolía superlativa. Montevideo es, a su vez, una ciudad repleta de sangre oxigenada, y vidas posibles con las que derrumbar el pasado y reconvertir el presente en algo creativo y mágico. Si tuviera que elegir un lugar dentro del corazón de esta ciudad para empezar esta tarea sería, sin dudas, el hostal “Contraluz Art”. El proyecto de este hostal comenzó en 2011 cuando Ana y su familia decidieron reformar la pensión de la que son propietarios y transformarla en lo que hoy es un lugar de paso para almas inquietas llegadas de los cinco continentes. Ana es fotógrafa, me siento con ella a hablar del origen de esta casa y de la apertura en su nuevo formato y así es como me explica que la idea inicial era vincular el turismo con el arte y con la fotografía, por ello, este hostal ha acogido varias exposiciones fotográficas y ha formado parte del festival Fotograma en 2013.

Al escuchar a Ana hablar, comprendo que este era un sueño que mantenía vivo desde hacía años y pienso que ha logrado su objetivo –por este sitio han transitado diferentes artistas con perfiles diversos que van desde la fotografía hasta la música en directo, la pintura o el teatro –. Un día normal en el hostal es uno en el que Ana responde al teléfono, y cuando esto sucede, al otro lado de la línea alguien sonríe y pregunta si hay espacio para uno más. Mientras, Nerea recoge unas sábanas envueltas en siete abrazos de despedida –qué difícil es adaptarse a las idas y venidas de los que no permanecen para siempre, pero acaso ¿alguien permanece alguna vez? –. Emilio abre la tapa del horno y aparecen panes caseros. Cuando alguien pregunta algo, yo respondo: “díselo a Emilio, siempre encuentra lo que buscas”. Rafa es el manitas de la casa (un “arreglatodo”), y entre todos ellos han creado los lazos que forman a la familia Contraluz. Por las mañanas, Estela maquilla el interior del hostal con productos de limpieza. Hay personas que construyen marionetas, otras que sacan fotos, las hay que dibujan en las paredes, y otras que tejen bufandas y gorros con lana y ganchillo. El mate es compartido por todos, al igual que los chismes, el tabaco, la cerveza y la distancia. A veces salimos juntos a la calle y otras vamos por separado construyendo nuestras parcelas privadas. En los cuartos se cuentan los secretos más inviolables, la confianza nace, ya no somos los desconocidos que llegaron solos o acompañados a esta ciudad.

El Parque Rodó respira a pocas cuadras de la casa y La Rambla permite a los lectores construirse una guarida frente al Río de La Plata. Si estás en el hostal y vas al baño, te recibe la imagen mixta de un hombre y una mujer pintada en cada una de las puertas avisando de que todo es para todos. Si decides cocinar, probablemente encuentres a alguien que ya lo haya hecho por ti y que te ofrezca compañía. Si en cambio, tu intención es ir a trabajar al salón compartido, alguien irá contigo para acompañarte y ayudarte con tus tareas diarias. Si alguien toca el timbre, varias personas preguntarán en recepción: “¿quieres que vaya yo?” mientras suena música de fondo para acompasar el movimiento de los cuerpos. Si encuentras a Ana sonriéndote mientras le preguntas cómo llegar a Ciudad Vieja, a Nerea cocinándote porque no te ha dado tiempo de prepararte nada, a Emilio riéndose de ti pero contigo porque en el fondo todos somos sus favoritos, o a Rafa decorando el hostal con botes de pintura, es que has llegado a casa, bienvenido, estás donde tienes que estar en el momento en que tienes que estarlo, y después, como dice el tango: “después, ¿qué importa el después?”.

 

Imagen portada: Hostal Contraluz Art – Foto: Ana Oliva

  
 

   

 
 

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.

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