Alexander Deineka

Apuntes para comprender la crisis de occidente, al fenómeno chino y, quizá, algún que otro tema de interés…

“La humanidad ante un cruce de caminos” y “El valor de la verdad”

Introducción

Los dos textos a los cuales en su primera versión podrá en seguida acceder el lector dan vueltas sobre una misma inquietud:

¿Es irremediable la crisis de la democracia en occidente?

Por separado, puede afirmarse, no son demasiado extensos. Juntos exigen un esfuerzo de lectura que insumirá algunas semanas…

Pero si los habitantes de la sociedad contemporánea dejamos de leer, el resultado será que dejaremos de poder juzgar…

Hannah Arendt creía, con Kant, que esa aptitud, la de juzgar, es la que nos diferencia de todas las demás especies. Hegel y Marx le asignaban más relevancia a la praxis, a la acción transformadora, crítica, que comenzó con el uso de una piedra y derivó por ahora en el smartphone y la inteligencia artificial.

En cualquier caso la aceleración cultural del proceso de la civilización se inició cuando comenzamos a registrar en el lenguaje escrito lo que aprendíamos o creíamos haber aprendido.

En el presente el lenguaje audiovisual parece prevalecer, a veces en la forma de un narcisismo infantil, (en las redes), a veces en la forma de elaboradas series que, ciertamente, tienen un texto detrás.

Pero en ambos casos los individuos que “consumen” esos contenidos no leen… o mejor, no disponen de un texto con el cual confrontar ideas.

Los apuntes que siguen procuran ser un aporte para comprender la complejidad del proceso de la civilización en su actual estado de desarrollo al mismo tiempo que un disparador de reflexiones colectivas.

Quizá por ello también la introducción es larga y deja cabos sueltos… 😉

(En todo caso el lector puede imprimir el trabajo para leerlo – paso a paso -, cuando el celular se queda sin batería).

Los escritos contienen algunas apreciaciones referidas a conflictos del momento en que fueron elaborados. Con el objeto de enfatizar lo “atemporal” por sobre lo coyuntural, los mismos serán editados en la versión final.

GB

La humanidad ante un cruce de caminos

“Llaneza, muchacho, que toda afectación es vana”
El Quijote a Sancho.

Capítulo I

¿Han perdido el juicio la mayoría de las elites occidentales, que, por acción u omisión, están alimentando, otra vez, como ante el advenimiento del nazismo y el fascismo, el proceso de militarización de la política?

¿Qué explica la hipersensibilidad “nacionalista” de buena parte de los gerentes occidentales del capital?

A principios del siglo XX la histeria de las elites ultraconservadoras podía quizá comprenderse: la revolución bolchevique amenazaba sus “sacrosantos” dominios.

¿Y ahora?

El “comunismo”, concepto general que aludía a la praxis cuyo objeto es la superación de la sociedad dividida en clases, en su experimentación estalinista, yace desde hace décadas en el Museo de las Antigüedades, desde Hungría y Praga y mucho más desde la caída del Muro de Berlín, y es lógico que así sea, pues es allí a donde van a parar, antes o después, todos los autoritarismos.

¿Qué explica entonces el infantil anticomunismo, el clasismo groseramente antipopular, de buena parte de las elites norteamericanas, europeas y sudamericanas?

¿Por qué los “halcones” guerreristas occidentales empujan, urbi et orbi, la desestabilización socio política de aquellas naciones con pretensiones autonomistas, que pretenden gobernarse por sí mismas?

¿Únicamente por acceder al petróleo y otras riquezas naturales, con las que podrían perfectamente contar mediante la simple firma de contratos?
¿Únicamente por el afán de asegurar su “patotero” liderazgo ante la creciente rebeldía de los pueblos que frente a los acentuados fenómenos de concentración de la riqueza que acaecen en occidente peligran caer en permanentes procesos de movilidad social descendente?

Nos encontramos, la humanidad se encuentra, ante “un momento de peligro”, ante un cruce de caminos.

En tales circunstancias, como enfatizaba Walter Benjamin: “El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a aquellos que reciben tal patrimonio”.

Porque toda tradición que no es capaz de re-generarse tampoco es capaz de perfeccionar los instrumentos con los cuales la sociedad se desplaza hacia el futuro.

Balbucea, repite incoherentemente viejas frases, tropieza con su sombra.

Se abre así un tiempo, sugería, rememorando las orientaciones generales de Marx, en el que resulta necesario: “pasar por la Historia el cepillo a contramano”.

Lo que agita, perturba, ciega, a la mayoría de las elites occidentales, son las consecuencias objetivas que tiene en la economía mundial un fenómeno en el que no se repara con la hondura que es menester hacerlo.

Desde fines de la década del 90 del siglo XX se está implementando el más profundo proceso de democratización de las relaciones sociales de la historia de la civilización.

Comenzó en China, pero desde el ingreso de esa nación a la Organización Mundial del Comercio extiende sus efectos a todos los confines de la tierra.

Cualquiera puede, sea o no ciudadano chino, crear la genética de una planta de cannabis para la elaboración de un medicamento, (por citar un caso de actualidad), y producirlo luego en la “fábrica del mundo” que es China o en pequeñas industrias robotizadas en cualquier parte, y distribuirlo más tarde aquí y allá enviándolo directamente al consumidor.

Y lo mismo y en todos los campos pueden hacer cientos de millones de científicos, profesionales y nuevos productores “libres”, (asociados a otros productores libres) tanto de aquella pertinaz nación como en los Estados de desarrollo medio y alto de todo el planeta.

¿Cuánto tiempo pueden tardar en producir soluciones competitivas que rompan el proceso de concentración de la riqueza que tuvo lugar en el occidente desarrollado durante buena parte del siglo XX a partir de la implementación del capitalismo monopolista de Estado en todas sus modalidades: imperialista, burocrático, neo imperialista, corporativo “desarrollista” o en otras regiones, “teocrático”?

Diversas prácticas monopolistas privadas procurarán evitar ese desenlace, pero la interrelación orgánica del mundo es ya un proceso irreversible de suerte que ninguna “trampa” evitará esa orientación general: prevalecerán las soluciones democratizadoras (productivas y culturales) de las relaciones sociales.

La revolución burguesa “liberó” a millones de individuos a que pudiesen experimentar sin mayores contratiempos su iniciativa individual en el campo productivo tanto como en el intelectual.

La revolución china implementada por Deng Xiaoping hizo lo mismo en una escala cuantitativa y cualitativamente muy superior, tanto por el acumulado cultural y científico técnico que la precedió como por los efectos y consecuencias de la dialéctica de la lucha de clases posterior a las revoluciones burguesas y a la bolchevique, que iniciaron el proceso de democratización de las relaciones sociales.

Fenómenos ambos fundamentales para explicar la democratización de la sociedad norteamericana durante buena parte del siglo XX y de la europea de postguerra.

Así, uno de los factores fundamentales que ha desatado en occidente el presente acumulado de situaciones críticas desestabilizadoras es la emergencia de China como potencia mundial.

Mejor. El proceso de democratización de las relaciones sociales que implementó Deng Xiaoping y sus consecuencias políticas en occidente: el incremento de la disputa por la riqueza generada socialmente en el mercado global, luego, al interior de cada uno de los Estados nación capitalistas.

Como únicamente la suma multitudinaria de ciudadanos informados y más o menos organizados puede revertir el muy pobre desenvolvimiento de las elites occidentales que esta situación de transición civilizatoria genera, resulta necesario, muy necesario, afinar una y otra vez el lápiz en el esfuerzo por describir con claridad los contenidos principales de la crisis.

Tratar de no errar en el diagnóstico. Evitar los adjetivos militaristas tanto como el inconducente pesimismo.

Pues uno de los componentes observables del estado de situación político cultural, a pesar de las profundas transformaciones que han tenido lugar en la composición más diversificada del mercado de trabajo, en la aceleración de la revolución científico – técnica y en la ampliación de los niveles de instrucción de las clases populares es que el neofascismo (es decir, la militarización de la política) es capaz todavía de reunir multitudes temerosas detrás de sí.

A tal punto que, al observar la posición de Europa en torno a la Venezuela posterior a la muerte de Hugo Chávez Frías, cambiando nombres, se podría citar como un texto del presente, esta afirmación de Elsa Morante en su obra “la historia” que compartimos con un par de apuntes añadidos entre paréntesis:

“Es sabido que la fábrica de los sueños hunde a menudo sus cimientos en los desechos de la vigilia o del pasado. Pero en el caso de Mussolini (parte de la élite europea actual) este material estaba bastante en el aire, en su superficialidad; mientras que en el caso de Hitler (la masa crítica de los supremacistas blancos americanos y brasileños de 2019 con sus espantapájaros anticomunistas haciéndoles coro y su pelirrojo líder en celo), era un hormiguero de infecciones, aglutinado en quién sabe qué raíces de su trastornada memoria. Hurgando en su biografía de mezquino envidioso no sería difícil desenterrar en parte esas raíces. Pero baste con esto. Quizá el fascista Mussolini no se daba cuenta de que, en el momento de la empresa de Etiopía protegida por Hitler el nazi (y pronto seguida luego por la otra empresa común de España), uncía para siempre su carro carnavalesco al carro fúnebre del otro”.

Más adelante vamos a referir a Venezuela (a esa revolución popular que como ocurrió fuera de un período revolucionario se caracterizó por tener componentes épicos y componentes caricaturescos) y a América del Sur y a Europa y a la latinidad (identidad que ha estado y estará todavía en competencia cultural durante algunas décadas con el mundo anglosajón y el mundo oriental), pero antes es necesario enfatizar lo que sigue.

No es posible encontrar soluciones políticas a la actual crisis en occidente sin considerar al mismo tiempo sus componentes orgánicos y subjetivos.

Pues resulta importante indicar que el problema cuyos contenidos tenemos que analizar (la inestabilidad del mundo occidental en general, la hipersensibilidad del capital ineficiente y el “malestar” en la sociedad) no se explica escribiendo en rojo o en negro sobre tal o cual conflicto aislado, sino que es necesario identificar las causas generales que lo explican.

La principal de ellas es la que resulta de que el inmenso proceso de democratización de las relaciones sociales implementado en China acentúa el conflicto por la disputa de la riqueza tanto a nivel global como al interior de los Estados nación en una economía que, paralelamente, ya no puede ser gestionada con criterios y modelos meramente “nacionales”, monopolistas.

Y que las ingenierías político – jurídicas trabajosamente diseñadas en occidente así como los instrumentos instituciones con los cuales se ha administrado políticamente esa disputa no están siendo eficientes: la reformulación de poliarquías “nacionales” sustituyendo a las viejas elites políticas y económicas, la rebeldía sin teoría de vastos sectores sociales, la “indignación” sin brújula, espontánea, y por ello fácilmente manipulable de clases sociales que habían accedido a niveles dignos de calidad de vida y que observan o un deterioro de esa situación de estabilidad o la perspectiva de un deterioro, son todos fenómenos que derivan, en primer lugar, de esa causa: la democratización de las relaciones sociales en China y la aceleración del proceso de democratización de las relaciones sociales a escala global que ello implicó.

Como veremos más adelante, ninguna reacción antidemocrática contribuirá a resolver la crisis que ese fenómeno en su desarrollo generó en occidente, antes bien, la acentuará.

Pues contrariamente a lo que creen las burocracias académicas occidentales, por lo demás, la democratización de las relaciones sociales elaborada e implementada (esencialmente siguiendo a Lenin) por Deng Xiaoping, no abarca únicamente a la esfera de la producción material, también a la esfera de la cultura.

Para ponerlo de manifiesto basta leer esta apreciación de Deng formulada en un discurso de los ochenta, cuando todavía disputaba el poder con los estalinistas al interior del Partido Comunista de China:

“Ha venido perfeccionándose el sistema democrático y ampliándose la vida democrática con cada año que pasa. Aunque queda todavía por investigar a fondo un gran número de problemas y es todavía necesario que nos esforcemos por desarrollar lo que haya de bueno y eliminar lo que haya de malo, debemos, sin embargo, tener presente lo principal y lo esencial. Durante los 29 años transcurridos desde la fundación de la República Popular, no tuvimos ni siquiera un código penal; hubo repetidas tentativas de promulgar uno, escalonándose nada menos que treinta y tantos proyectos, sin que se haya logrado ninguna versión definitiva. Ahora, tanto el código penal como el código de procedimiento penal han sido aprobados y promulgados y están ya en vigor. El pueblo de todo el país ya tiene la esperanza de que la legalidad socialista será rigurosamente aplicada”.
Desde los 90 del siglo pasado, la reacción ante el fenómeno chino de buena parte de las elites occidentales fue el neoliberalismo (la concentración de la riqueza) y la formulación de las lógicas amigo – enemigo, que vulgarizan la cultura política, primero apuntando al mundo islámico, y ahora queriendo confrontar ya no con un viejo fantasma que recorre el mundo… sino con una realidad material y cultural orientada a la superación de la sociedad dividida en clases.

A occidente le queda ante esta realidad un único camino sensato sin embargo: aprovechar el acumulado cultural democrático que surgió de sus entrañas, regenerarlo, vitalizarlo, orientarlo hacia el futuro.

No es lo que está ocurriendo.

 

Democracia y desarrollo

Capítulo II

¿Por qué en el estado actual de evolución de la sociedad humana ya no es viable ni siquiera coyunturalmente un modelo autoritario de gobierno para resolver los problemas sustanciales del desarrollo?

Porque todas las formas de autoritarismo (concentración del poder) anulan la dinámica productiva de la sociedad civil. Pueden producir cierta estabilidad basada en el temor, pero las lógicas burocráticas o corporativas monopólicas que caracterizan a esos regímenes, empobrecen el desenvolvimiento libre de la iniciativa de los individuos.

Democracia y dinámica productiva son, en el actual estado de la civilización, interdependientes.

¿Pero, cómo propiciar, impulsar, políticas de democratización de las relaciones sociales cuando, aisladas, tambalean por ineficientes como organizadoras de la producción competitiva de riqueza las viejas estructuras del Estado nacional, en particular las montadas en lógicas neoimperialistas, (a las que responden otras prácticas neoimperialistas o proteccionistas), hiperideologizadas o estamentales -amiguistas-?

Históricamente, el autoritarismo, en cualquiera de sus formas, económicas, (sociedades estamentales en todas sus variantes) políticas, (el absolutismo o el hegemonismo impulsado por entramados burocrático – empresariales) y culturales, (todos los modelos de dogmatismo moral impuesto desde el Estado según unos “principios y valores” sobre los que no es dable deliberar democráticamente), tienden a reproducir la desigualdad a favor de las clases o estamentos que en tal o cual momento se encuentran en condiciones de imponer esas formas autoritarias, directa o veladamente autoritarias.

En el proceso de la civilización puede observarse con suficiente evidencia empírica que las formas autoritarias y los modelos que concentran la riqueza en reducidos grupos de privilegio han anulado el dinamismo productivo de los individuos, su creatividad comunitaria.

En el presente, con la República Popular China experimentando modelos económicos y político jurídicos democratizadores de las relaciones sociales, toda praxis autoritaria, (el autoritarismo puro y duro, el neoliberalismo, -que lo es también porque propicia abusivos procesos de concentración de la riqueza- , así como el neoimperialismo, que hace lo propio a escala global) acentúa las diferencias y radicaliza las disputas entre las sociedades clasistas que no orientan su acción a la superación de ese conflicto y aquellas que procuran instrumentar modelos de democracia igualitaria.

Las últimas crean soluciones civilizatorias a la velocidad de la luz, las otras ingresan en procesos autodestructivos más o menos graves según preserven o no capacidad de generar riqueza suficiente para administrar sus conflictos socio económicos.

El conflicto entre la democracia igualitaria (la que se ocupa de incorporar a la dinámica productiva y cultural a todos los ciudadanos de una comunidad política) y la abusiva concentración de la riqueza en manos de corporaciones o burocracias o trenzas integradas por ambas (fenómeno que anula a mediano plazo la dinámica productiva de esas sociedades) explica sustancialmente el alto nivel de inestabilidad que caracteriza actualmente al mundo.

Pero al mismo tiempo hay que considerar otros fenómenos:

– la dialéctica de conflicto que tiene lugar entre universalización de la praxis política como única respuesta sensata a la universalización de la forma orgánica de producción (el capitalismo) y la tendencia creciente de las elites privilegiadas a militarizar la política “nacional” para defender sus privilegios haciendo absoluta abstracción del acontecer global o pretendiendo intervenir en los conflictos mundiales con las mismas lógicas

– el conflicto entre organización racional de la cooperación / competencia entre comunidades productivas, (desarrollo global administrado político jurídicamente) y la preservación a cualquier costo de la capacidad militar del “Estado nacional” como articulador de los intereses coyunturales de los grupos de privilegio para implementar luego prácticas neoimperialistas, como ha ocurrido mediante un diseño simplista, escolástico, durante el gobierno de Trump en Estados Unidos.

La democratización racional de las relaciones sociales a escala global demanda iniciar el proceso de superación de las lógicas competitivas estructuradas desde la “fortaleza” del Estado nacional, pero ello puede realizarse con muy diferentes contenidos.

La posibilidad real de iniciar la desburocratización de las estructuras estatal nacionales puede realizarse a favor de la concentración de capital (el neoliberalismo montado en prácticas neoimperialistas) o a favor de la liberación de la potencia creativa de cientos y cientos de millones de productores a escala global creando un ambiente, una ingeniería jurídico política universal para que la libertad de iniciativa y la democracia prevalezcan sobre la militarización en la progresiva solución de las dialécticas de conflicto antes mencionadas.

Como el lector puede intuir, no procuraremos en este texto describir la complejidad de las dialécticas de conflicto que enunciamos, el autor ha escrito “Los naipes están echados, el mundo que viene: la democratización permanente”, con ese propósito.

Es que ningún conflicto específico puede analizarse ya seriamente si no se toman en consideración las condiciones orgánicas actuales en que se desenvuelve el proceso de la civilización.

Y esas condiciones orgánicas: la dialéctica universalización de la producción capitalista / democratización o no de las relaciones sociales a escala global en primerísimo lugar, ponen en evidencia que para preservar su productividad en todas las esferas las sociedades particulares necesitan implementar procesos democrático – igualitarios, lo que en el estado actual de la civilización (interrelación orgánica de la especie) no es posible mediante prácticas monopolistas de Estado, ni siquiera en su forma neoimperialista, esto es, mediante la imposición autoritaria de las reglas de juego del comercio mundial.

Y eso fue lo que procuró hacer el neoliberalismo, que al fracasar, abrió paso al neofascismo.

Detengámonos unos segundos en un problema sobre el que en estas líneas no podremos ahondar pero que es necesario exponer mínimamente.

La revolución científico – tecnológica en su actual estado de desarrollo posibilita que la especie humana produzca un aluvión de creatividad innovadora en la dirección de la democratización de las relaciones sociales a escala planetaria.

¿Qué es lo que obstruye el desenvolvimiento de esa potencia?

Las lógicas competitivas entre Estados o bloques de Estados procurando lograr el control hegemónico de las reglas de juego del intercambio de productos mercantiles y de servicios, el control sobre el acceso a las materias primas imprescindibles y el control hegemónico de la política monetaria global.

Para lograrlo, resulta evidente, esos Estados necesitan antes disponer de poderosas industrias armamentistas para cuya financiación a su vez les resulta imprescindible “reducir” el “costo” de producción según las competitivas lógicas capitalistas y – salvo en relación precisamente a la producción y estructuración logística de la capacidad militar- el costo de funcionamiento del Estado (de la comunidad política organizada), es decir, de la democracia …

Es por ello que se produjeron fenómenos como el neoliberalismo, la pueril pretensión de liberar la iniciativa individual con un mínimo de Estado, (pueril porque esa lógica no contempla las desigualdades del punto de partida y por ello en lugar de liberar la iniciativa individual genera esferas de conflicto social radicalizados), el neofascismo, la todavía más pueril pretensión de controlar a su favor el aparato del Estado por parte de los grupos de privilegio menos competitivos (económico – burocráticos) y en el mundo islámico -pero no sólo en el mundo islámico, que al uribismo, al trumpismo, al aznarismo, al erdoganismo y al bolsonarismo, etc., los caracterizó también un fuerte componente religioso-, el retorno a formas teocráticas de gobierno.

Esto ocurre esencialmente porque como la historia de la civilización ha puesto de manifiesto que únicamente la democratización de las relaciones sociales dinamiza productivamente a las comunidades humanas, para competir con China, los diferentes componentes de las elites occidentales y de otras naciones empujan soluciones cortoplacistas de diferente naturaleza, hiperideologizadas y por ello mismo en direcciones contradictorias con sus propios intereses estratégicos.

El neoliberalismo, por ejemplo, promovió desde los 90 la minimización del Estado en favor del mercado y para legitimar esa acción empujó la desburocratización del aparato estatal considerando que ello habilitaría el espíritu de iniciativa individual, lo que, naturalmente, no termina ocurriendo en sociedades fragmentadas o en estructuras que propician la reproducción de la concentración abusiva de la riqueza.

La desburocratización, el inicio de la disolución de estructuras estatal nacionales en favor de la comunidad orientada a la autorregulación, que es posible y necesaria, puede implementarse si contribuye a ahondar la democratización de las relaciones sociales, no cuando su objeto es reproducir la concentración de la riqueza en los grupos de privilegio que ya disponen de ella.

La disputa por la riqueza generada socialmente a nivel global constituye la verdadera causa profunda, estructural, detrás de todos los demás conflictos que al mismo tiempo se están desarrollando aquí o allá.

Esto porque como vimos en el capítulo anterior, la riqueza social global se encuentra geopolíticamente más distribuida que en ninguna otra época histórica, lo que al final del día provoca una radicalización de la pugna por su distribución no sólo a nivel global, sino también al interior de los Estados nación o bloques de naciones que están dejando de ser hegemónicamente competitivos como lo fueron hasta hace poco.

Tienden entonces a buscar en el mundo, como anticiparon Hegel, Marx y Hannah Arendt, espacios “controlados” donde extraer la riqueza que ya no son capaces de generar competitivamente contando meramente con regulaciones a su favor en tal o cual espacio geopolítico.

La desregulación del mercado nacional o regional y la exclusión del Estado, mejor todavía, de la comunidad política, de lo público, de toda acción empresarial, favorece a las empresas privadas consolidadas; la desregulación del mercado global favorecía a las empresas de las naciones que mediante prácticas imperialistas habían acumulado inmensas sumas de capital.

En las primeras etapas del proceso de la civilización, el control más o menos autoritario de un territorio (esclavismo, feudalismo, despotismo oriental) permitía a las elites dirigentes asegurar la reproducción vital de la comunidad donde se habían erigido en tales.

La socialización de la economía global, su interacción orgánica, torna inviable esa modalidad reproductiva y presenta como sustancial a todo proceso de perfeccionamiento social de las condiciones competitivas de vida de unas comunidades respecto a otras (mientras articulan formas de cooperación más sofisticadas que las meramente basadas en el comercio), a la forma política que más creativamente dinamiza la acción productiva de la comunidad.

Es por ello que en el estado actual de desarrollo de la revolución científico-tecnológica aplicada a la producción, la calidad de la democracia resulta vital al dinamismo productivo de las sociedades.

Esto es: el modo institucional mediante el cual se impulsa la iniciativa individual de los integrantes de la comunidad resulta un componente esencial a la capacidad productiva de esa comunidad.

A la postre, la calidad de la democracia determina la potencia productiva y político cultural de las naciones o bloques de naciones para influir decisivamente en el porvenir de la civilización.

Cuando la calidad de la democracia se deteriora, las naciones inician inexorablemente el proceso de su descomposición.

En la sociedad contemporánea la democracia dejó de ser meramente un ideal cultural, evolutivo, constituye una necesidad productiva.

Es esencialmente por ello que todos los conflictos del mundo por venir se desarrollarán además de en la esfera de la competencia productiva orgánica al modo de ser del capitalismo, esencialmente y al mismo tiempo, también en los siguientes tres planos:

el de los contenidos políticos e institucionales de la democracia,

el de la proyección cultural de las comunidades humanas organizadas institucionalmente, (su autoafirmación comunitaria, no en contraste, sino en interrelación dialéctica con las otras tradiciones)

y el de la pugna por la democratización de las relaciones sociales, pues la distribución equilibrada de la riqueza, pero también el inicio de la superación de las desigualdades estructurales constituye el único modo de dinamizar a mediano y largo plazo a la sociedad civil, tanto en Francia como en Venezuela, en Estados Unidos como en China.

Todas estas esferas de conflicto han estado, están y estarán además sometidas a la presión geopolítica de los insuficientes recursos naturales pues tal como anotaba Walter Benjamin con el Marx de la Crítica del Programa de Gotha, contrariamente a lo que pregonaba el enunciado socialdemócrata sobre el “derecho al trabajo” y sobre la “gratuidad de la naturaleza” para legitimar la sustitución de los procesos democratizadores de las relaciones sociales por la mera distribución de la riqueza, (coyunturalmente vital, pero históricamente insuficiente) el proceso orgánico de reproducción del capital no puede administrarse en una dirección democrático igualitaria si no se gestiona su desenvolvimiento considerando a la humanidad como un todo y a la especie como parte integrante de la naturaleza.

Es necesario subrayarlo: ya no es posible estructurar la relación de la especie con la naturaleza de otra manera que considerando a la humanidad como tal humanidad, en progresiva sustitución de la prevalencia de los intereses nacionales.

La dialéctica creación competitiva de riqueza, sociedad global, naturaleza, resultará, por otra parte, cada día menos razonable sea administrada según intereses privados … y esa es una de las causas que explican por qué algunos grupos de privilegio aspiran a sustituir a los instrumentos político – jurídicos de gobernanza de los conflictos por las ya fracasadas prácticas militaristas.

Aunque sus consecuencias pueden ser dramáticas y afectarán también a sus promotores, posiblemente estemos presenciando el último, agónico, empuje guerrerista, supremacista, de la historia de la humanidad.

Capítulo III

¿A qué causas obedece la reemergencia del neofascismo, y con ello del anticomunismo, el antiliberalismo y el antifeminismo?

¿El apego a las estructuras jerárquicas de las castas privilegiadas, que es desafiada por esas filosofías cuando se organizan para participar de la praxis socio política?

¿La reacción nacionalista ante el universalismo que caracteriza tanto al comunismo, como al liberalismo como al feminismo?

¿La democraticidad radical de los postulados que constituyeron en su origen el fundamento tanto del liberalismo, como del comunismo, como del feminismo?

Las causas estructurales que pueden explicar la crisis de occidente, una de cuyas consecuencias es la reaparición del neofascismo o la emergencia de diferentes formas de ultra conservadurismo místico, las enunciamos en los dos capítulos anteriores.

Pero señalamos al comienzo de este ensayito que tan necesario como analizar las causas orgánicas de la crisis en occidente es prestar atención a las subjetividades “heridas”, resentidas, que emergen de esa crisis, como ya ocurrió a principios del siglo XX.

“No es posible encontrar soluciones políticas a la actual crisis en occidente sin considerar al mismo tiempo sus componentes orgánicos y subjetivos”, se afirmó.

En un trabajo que se publica aquí más adelante, “Apuntes para un manifiesto antifascista”, se formula la siguiente apreciación:

“El odio a la democracia es esencialmente el resultado, desde siempre, de que constituye la única forma política que posibilita la competencia por la distribución de la riqueza”.

En las sociedades democráticas a los obreros se les da por participar en la dirección de los procesos de producción, a los trabajadores rurales se les antoja disponer de sus propias tierras, a los profesionales se les ocurre crear sus propias empresas, a las mujeres se les ocurre que no tienen por qué obedecer disposiciones autoritarias ni en relación a sus cuerpos ni en relación a su existencia vital… digamos un poco en broma, para significar alguno de los contenidos de la democratización de las relaciones sociales.

¡Si hasta a los esclavos se les dio por dejar de serlo y lograron no hace mucho en Estados Unidos el derecho a sufragar!

Cuando las castas son desafiadas, hemos podido observar en los últimos tres siglos, reaccionan con violencia y como son minoritarias, crean artificialmente conflictos en la lógica amigo – enemigo para poder reunir detrás de sí a individuos que el no estar suficientemente preparados para comprender la complejidad de los fenómenos socio económicos se dejan arrastrar, manipulados emocionalmente, por esos intereses minoritarios.
Una de las composiciones discursivas creadas para lograr que quienes en realidad nada ganan cuando los conflictos se radicalizan participen en la defensa de intereses particulares ha sido el ultranacionalismo.

El sentido de pertenencia a una comunidad singular, a unas tradiciones que se presentan como eternamente válidas, es exacerbado con el objeto de cohesionar político militarmente a esa comunidad. Antes en la historia de la civilización había ocurrido lo mismo con la religión, con la contraposición entre tradiciones religiosas.

¿Antes?

A los grupos de interés económicos tanto como a los estatal nacionales o a los pertenecientes a instituciones influyentes parece no agradarles el proceso de socialización del trabajo, esto es, la universalización del género humano.

Pero como es la acción transformadora, el trabajo, la experimentación, lo que distingue a la especie humana, esa socialización es esencialmente un proceso natural. Todo trabajo realizado por una comunidad humana en un espacio físico o territorio repercute, como modelo o innovación, en otra acción transformadora experimentada en otro espacio físico donde habita una comunidad humana: la interrelación orgánica va operándose a través del comercio, a través del intercambio científico técnico… a través de las redes y a través de la competencia productiva.

Ninguna comunidad humana puede dejar de usar un celular cuando esta tecnología ha sido creada, en caso contrario queda rezagada en cuanto su capacidad de reproducción.

Ahora bien. Ahora bien. El sentido de pertenencia a una tradición, a los componentes de la misma que han sido útiles a la preservación de la comunidad, la integración espiritual, afectiva, a unos específicos rasgos culturales productores de sentido, ¿constituyen un fenómeno histórico enteramente artificial?

¿Pueden psicosocialmente los chinos dejar de ser chinos, los alemanes, alemanes y los catalanes, catalanes, para ser lo que sin duda cada día más son: ciudadanos del mundo y cohabitantes de la misma naturaleza de la que como género humano son su expresión racional, científico cultural, consciente?

El más lúcido de entre todos los creadores del republicanismo, Montesquieu, dedicó buena parte de su obra “Del espíritu de las leyes” a realizar un análisis comparado de las tradiciones culturales con el objeto de investigar qué componentes de esas tradiciones mejor contribuían a desarrollar la cultura democrática.

No propuso soluciones imperialistas para “acelerar” la historia; es decir, que las naciones en determinado momento histórico más eficientes en la producción de riqueza impusieran sus “leyes” a todos los demás, por el contrario, sugirió un modo político, el control del poder mediante instituciones garantistas, sometidas a su vez al control de los ciudadanos, con el objeto de que de esas experimentaciones político – jurídicas fuesen gradualmente consolidándose las que mejor posibilitaran el desarrollo de la potencia creadora de la especie, que es lo que la distingue de todas las demás especies, lo que determina su más honda singularidad, su universalidad.

Por ejemplo, sostiene, en una apreciación que actualmente resulta interesante recordar: “Las leyes civiles no necesitan ser rigurosas”. En los Estados que aplican esta máxima “un buen legislador pensará menos en castigar los crímenes que en evitarlos, se ocupará más en morigerar que en imponer suplicios. Es una observación perpetua de los autores chinos que, en su imperio, cuanto más se aumentan los suplicios más cerca está la revolución. Fácil me sería probar que en todos o casi todos los Estados europeos, las penas han disminuido o aumentado a medida que se está más cerca o más lejos de la libertad. En los Estados despóticos se es tan desgraciado que se teme la muerte sin amar la vida”.

Marx, que estudió muy seriamente a Montesquieu y que elaboró una teoría de la evolución socio económica y cultural de la sociedad, incorporó algunos contenidos a la proposición del filósofo francés, el principal de los cuales referido a que la democratización política de la sociedad resultaba insuficiente si al mismo tiempo no se generaban las condiciones para la democratización de las relaciones sociales en general.

Que la autonomía política de los individuos podrá expandirse en toda su potencia de libertad cuando “asociaciones de productores libres” algo como “cooperativistas cultos”, se atrevió a imaginar, pueda prescindir de las clases dirigentes y de las estructuras estatales que fueron históricamente necesarias para asegurar la producción y perfeccionamiento de las condiciones de existencia de las comunidades humanas en competencia.

La superación de las lógicas de la competencia requiere, opinaba Marx, abundancia de recursos.

La sociedad humana ya dispone de abundancia de recursos, de instrumentos tecnológicos para producir abundancia de recursos.

Pero la producción de riqueza todavía no es administrada científico culturalmente, sino competitivamente.

Y las estructuras estatales, burocráticas, ocupan ingentes recursos que obstruyen la dinamización productiva de los “cooperativistas cultos”, (economía colaborativa se le denomina en nuestros días) produciendo, dicho sea muy de pasada aunque es un asunto muy serio, la burocratización también de cientos y cientos de millones de individuos que se desenvuelven en el sector privado capitalista (condicionado por la creación de utilidades con el objeto de acumular capital como único fin), realizando actividades repetitivas.

Superar ese estado de cosas requiere no sólo productores cultos, también elites cultas.

Como ello no ocurre, los venezolanos necesitan disponer de sus recursos naturales para perfeccionar sus condiciones de existencia, y los alemanes necesitan disponer de recursos naturales para mover su eficaz industria, y lo mismo los norteamericanos y los chinos… mientras, al mismo tiempo, compiten culturalmente desde sus respectivas tradiciones: la anglosajona y la china han demostrado ser muy eficientes en la organización y ejecución del trabajo, la latina, que en este plano no ha sido tan eficaz, ha demostrado ser muy eficiente en administrar los conflictos humanos mediante instrumentos político jurídicos…

En los cincuenta años anteriores a los triunfos electorales de representantes del ultra conservadurismo la humanidad venía realizando esfuerzos por extender la cultura democrático – republicana a las instituciones internacionales que orbitan en torno a la ONU, es decir, por generar las condiciones para propiciar el intercambio enriquecedor entre las tradiciones y conglomerados de naciones.

Desde la guerra del Golfo en adelante esa tendencia se revirtió a favor de los grupos de privilegio más conservadores de occidente.

Además de las consecuencias evidentes que la militarización de la política (regional y global), produce, toda práctica autoritaria, imperialista o neo imperialista, en el actual estado orgánico de la civilización, caracterizado por la interrelación del trabajo productivo y cultural social, tiene como consecuencia el avasallamiento del acumulado cultural universal.

La anulación de ese acumulado, en lugar de su potenciación mediante su interacción dialéctica positiva.

Como consecuencia, la producción masiva de identidades heridas, no un aluvión de creatividad universal como el que es estructuralmente posible, sino un aluvión de enconos irracionalistas que la política no podrá contener.

El integrismo islámico, que acaso ha constituido la punta del iceberg de este fenómeno potencialmente explosivo, ha sido relativamente sencillo de contener tanto porque él no se ha desenvuelto en ninguna sociedad desarrollada como porque sus promotores, precisamente por el “aislacionismo” supremacista de sus postulados, (creen ser superiores, pertenecer a una cultura superior a las otras, como creía Trump…) privan a sus prácticas de la potencia democratizadora que posibilita el acumulado cultural de la humanidad.

Lo que ocurrió en occidente es que ante el fracaso del neoliberalismo, el aislacionismo supremacista comenzó a ser impulsado por un entramado de grupos de privilegio que sintió que la globalización se les escapaba de las manos y que se expresa y reúne al ultranacionalismo, hegemónico o en vías de serlo en varios países europeos, a las oligarquías neofranquistas de América del Sur, a los conglomerados de capitalistas que “sorpresivamente” se han tornado ineficientes, a las corrientes ultraconservadoras de la Iglesia Católica, a los panislamistas, (imperialistas islámicos), a los millones de individuos que están perdiendo calidad de vida, en un torrente de irracionalismo resentido sin embargo instrumentalmente mucho más potente en cuanto su capacidad de disputar la hegemonía en occidente que el integrismo islámico.

Este entramado es mucho más peligroso que el integrismo islámico, porque él, a pesar de su anacronismo histórico cultural, constituye un sistema religioso político no antipopular, sino que al contrario, aspira a representar los sentimientos populares, tiene orgánicamente que involucrarse con ellos, con sus necesidades, para representarlos.

El clasismo de las elites supremacistas aislacionistas occidentales, que paradójicamente están interactuando y utilizando instrumentos tecnológicos en una praxis “internacionalista” profesionalmente organizada, desprecia a la cultura popular, a los procesos democratizadores de las relaciones sociales en general, a las instituciones político – jurídicamente organizadas y como el teórico del nazismo, Karl Schmitt, sólo cree en la militarización del “espíritu”, en la imposición.

Como estas prácticas producen tsunamis de inestabilidad, van a ser derrotadas.

Se trata de evitar que mientras ello ocurra logren disponer de la “fuerza” estatal militar con la que puedan desencadenar una tercera guerra mundial.

Capítulo IV

El anticomunismo como “infantilismo” de derecha

En el proceso de la civilización, nadie lo ignora, ocurren de vez en vez instantes jacobinos, arremetidas revolucionarias para democratizar las relaciones sociales; luego, reacciones contra – revolucionarias de los grupos de privilegio minoritarios.

Lo peculiar de la situación actual es que se desenvuelve una activa reacción militarista global al proceso de democratización de las relaciones sociales sin que haya tenido lugar ninguna transformación de contenido revolucionario, radical, jacobina.

¿O sí?

¿O es que acaso la profundidad de la democratización de las relaciones sociales que se desenvuelve en la sociedad mundial no tuvo la espectacularidad de iniciarse con un proceso revolucionario a la “bolchevique” pero se expresa en infinidad de actos económico – sociales, culturales, políticos?

¿Y que es ese proceso todavía no asentado, visible espontáneamente, pero orientado claramente hacia el pluralismo, el que despierta la irracionalidad por momentos casi que de comedia bufa, (como cuando en sonrientes fotografías Trump y Bolsonaro escenificaban un templo a la monarquía del dinero y el brasileño… ¡a la CIA!) el que explica la nueva oleada de anticomunismo, antiliberalismo, y antifeminismo?

En el presente momento histórico con particular intensidad, de eso trata el presente capítulo, toda acción propagandística anticomunista constituye un deterioro de la calidad cultural de la tradición democrática occidental.

Tradición a la que urge regenerar para que la política (y no intereses corporativos o estatal burocráticos) dirija al proceso de la civilización.
El anticomunismo, el antiliberalismo y el antifeminismo entrañan, en el contexto de la ya irreversible interrelación orgánica de la sociedad mundial, lo que ironizando podríamos denominar como un infantilismo de derecha.

Esto esencialmente por dos razones.

Porque el comunismo, entendido como el conjunto de prácticas orientadas a la democratización horizontal de las relaciones sociales, no ha logrado implementar una experimentación exitosa solamente en China, sino que constituye y constituirá cada día más seriamente, una aspiración civilizatoria extendida en una miríada de prácticas productivas y culturales universales.

Aun cuando sus realizadores no tengan la menor idea de que, digamos provocativamente, están siendo “comunistas” o liberales demócrata igualitarios.

Ni a Marx, ni a Montesquieu ni a Rosa Luxemburgo, parece prudente las elites “desnorteadas” occidentales los sometan a formas demonizadoras de acción ideológica por haber realizado las aproximaciones prospectivas más perspicaces en cuanto a cómo se desarrollaría el proceso de la civilización…

Y en segundo lugar, porque así como el estalinismo constituyó una praxis groseramente antidemocrática, pues orientó su acción en prácticas militar burocrático – nacionalistas, y por ello fue juzgado por el mejor liberalismo y por la racionalidad dialéctica sustentada en el marxismo, no hay otra manera de enlentecer el proceso de democratización universal de las relaciones sociales que siguiendo procedimientos militar burocráticos… nacionalistas…

Esto es, retrocediendo a las lógicas fascistas o ultraconservadoras.

Pues ningún capitalismo monopolista, ningún burocratismo estatal abroquelado en composiciones ideológicas logrará detener el proceso de socialización del trabajo a escala universal y cuando las ahistóricas prácticas para por lo menos enlentecer el proceso se efectivizan en acciones demonizadoras o directamente represivas de toda voluntad democratizadora alimentan un autoritarismo clasista irracional (todas las formas del supremacismo) que no puede desenvolverse de otra manera sino a través de la militarización de la política. Es decir, alimentando al neofascismo.

Esto significa que la dialéctica perversa nazismo / estalinismo que produjo al totalitarismo a principios del siglo XX puede volver a desenvolverse en condiciones tecnológico – militares inmensamente más destructivas.

Como cualquier intelectual medianamente informado sabe, el estalinismo pudo concretarse en formas militar burocráticas tan absolutamente distanciadas del marxismo porque el pueblo ruso organizado en los “soviets” fue acorralado por el naciente imperialismo de varias potencias occidentales y luego por el nazismo y el fascismo…

Y aun así, con Lenin en vida, la lógica experimental del proceso de democratización habría seguido un camino semejante al que luego fácticamente ha demostrado su eficacia una vez que fue implementado por Deng Xiaoping en China. Lo que pone en evidencia que su potencia transformadora estaba en la realidad social y no en la voluntad de un partido político o una clase social.

Pero lo relevante a indicar aquí es que el anticomunismo como reacción político cultural o como militarismo tuvo durante el siglo XX, puede afirmarse, tres momentos:

la reacción contrarrevolucionaria ante el proceso de democratización de las relaciones sociales que procuraba experimentar Lenin,

la reacción crítica posterior ante la forma militar burocrática que instaló el estalinismo para contrarrestar las acciones guerreristas contra la Rusia soviética pero que prevaleció hasta la década del 80 propiciando la crisis terminal de ese modelo

y el anticomunismo militarista que fue tomando cuerpo en fragmentos muy importantes de las elites occidentales durante la guerra fría y que incluye prácticas tales como el macartismo, el asesinato de Kennedy, Vietnam, el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende y otras búsquedas político electorales autonomistas, la extensión de la tortura y el asesinato de líderes sociales en todas partes, operaciones de inteligencia para debilitar a todos los movimientos que pugnaban por implementar procesos democratizadores en la distribución de la riqueza o que desafiaban las acciones imperialistas o neoimperialistas en las que se procuraba instalar un modelo de reglas de juego en el comercio mundial favorable a las grandes empresas de los países desarrollados de occidente.

Que avanzado ya el siglo XXI, George Soros y Mario Vargas Llosa, por citar a dos figuras talentosas y muy prestigiosas, analizaran la realidad condicionados por sus experiencias subjetivas, (el financista vivenció la horrible construcción policíaca del estalinismo húngaro, el peruano la demonización de la que fue objeto por parte del infantilismo de izquierda cuando formuló muy legítimas críticas al estalinismo), resulta comprensible.

Aunque disponían de la suficiente densidad cultural como para saber que el comunismo no se ha implementado ni se implementará nunca en ninguna forma de Estado, ellos y otros intelectuales solían y suelen, (veteranos narcisistas también, además de geniales creadores en sus respectivos ámbitos), optar por la crítica del “comunismo”, así como generalización, en lugar de aceptar, analizándolo críticamente, un fenómeno que es comprensible les resulte sorprendente:

la democratización de la sociedad no se está desarrollando ahora en el cada vez menos liberal occidente, sino en la China gobernada por un Partido Comunista.

Que millones de jóvenes en el mundo en crisis sigan esa orientación crítica simplista, ideologizada, confundiendo una crisis histórica, la dialéctica fascismo / estalinismo, con la vocación democratizadora de las relaciones sociales, es tan peligroso como que se reproduzcan las lógicas polarizadoras estimuladas por el neofascismo y por todas las formas del neopopulismo nacionalista.

Ahora bien, ahora bien, para seguir jugueteando con la figura retórica que ya utilizamos para contener toda tentación simplificadora de la realidad, luego de expuesto lo anterior conviene subrayar que la cultura democrática que emergió de la dialéctica del conflicto de clases en occidente sigue constituyendo el proceso más hondo de democratización política de la historia de la civilización humana.

De suerte que su regeneración es más probable se pueda desenvolver a partir de ese acumulado cultural en el propio occidente antes que en cualquier otra región del mundo.

Esto significa que, como sin una teoría marxista de la democracia la crisis cultural de occidente no tiene solución, pues en caso contrario seguirán ahondándose las dialécticas perversas neofascismo / neoestalinismo (en todas sus variantes), imperialismo / nacionalismo conservador, su elaboración no resulta razonable dejarla únicamente en manos de una tradición que no ha vivenciado el garantismo republicano como cultura…
China, según se desprende de los contenidos del debate en sus instituciones de gobierno, experimenta el diseño de lo que sus elites denominan “Estado Socialista de Derecho” y sensatamente puede albergarse la expectativa de que ese proceso conduzca a una democratización de la cultura política en aquella cada vez más influyente nación, pero en cualquier caso, no logrará hacer en pocas décadas, lo que a occidente le demandó más de tres siglos…

Moraleja: o las elites occidentales más serias hacen de la producción de cultura democrática un eje sustancial de su praxis política, contienen las reacciones militaristas para resolver a prepo tal o cual desafío estructural y articulan nuevos consensos de gobernanza mundial, o vamos a una catástrofe que podríamos simbolizar con un enjambre de drones depositando explosivos por todas partes.

 

Capítulo V

Elegir el camino: autonomía cultural o mera genuflexión.

Concentrémonos ahora en América del Sur

¿Qué anhelo desafía a los americanos del Sur?

¿Es todavía relevante el contenido de nuestra identidad multicultural?

¿En qué sustento filosófico político fundamentaremos nuestra inserción en el mundo que viene?

De la tradición hispánica, ¿enfatizaremos su componente monárquico feudal o su componente democrático republicano?

Del cauce europeo ¿qué arcilla modelaremos: la revolucionaria democratizadora o la contra revolucionaria elitista ultraconservadora?
Se cuenta en los salones diplomáticos una anécdota según la cual lo que Rusia heredó de Bizancio (es decir, de la tradición latina absorbida por oriente) allí perdurará: Moscú en esa humorada que nunca lo es totalmente, es la tercera Roma, “y no habrá una cuarta”.

¿Alemania, qué cosa hará con su herencia del “sacro Imperio romano germánico”?

¿Pueden confluir en un mismo torrente de latinidad como dialéctica cultural histórica la América del Sur, Francia, España, Italia, Portugal, Rumania, Alemania y Rusia?

¿Con qué contenidos?

¿El panamericanismo que fue útil a las pretensiones liberal revolucionarias de José Gervasio Artigas, José Pedro Varela y José Batlle y Ordoñez, por citar únicamente a reformadores uruguayos, puede volver a ser una opción con un Estados Unidos guerrerista y en crisis cultural y sistémica?
¿La seriedad científico cultural de la praxis político – económica y diplomática China, orientará a los americanos del Sur hacia un acuerdo estratégico de complementación con aquella potencia emergente para sobre la base de esa alianza poder construir autonomía?

¿Iremos irremediablemente unos para un lado y otros para otro incrementando el riesgo de la militarización de la región, militarización que desde hace años está siendo promovida por un tejido de intereses cercanos a los ultra neoconservadores de Estados Unidos?

¿Cómo nos relacionaremos con el continente que en pocos años será el más poblado y el demográficamente más joven del mundo, algunas de cuyas naciones también han heredado componentes culturales de la latinidad: África?

No responderemos aquí a ninguna de estas preguntas, para hacerlo con la hondura que el cambio civilizatorio en el que navegamos requiere sería necesario escribir un libro que en el espíritu de la “radiografía de la pampa” de Ezequiel Martínez Estrada, y que recogiendo el legado de Rodó y Martí, de Mariátegui, Quijano y Arismendi, de Alfonso Reyes, Methol Ferré y Leopoldo Zea y de tantos, tantos otros, nos permitiera mirar con la agudeza de las aves que pueblan las alturas del continente americano.

Aquí nos limitaremos a recordar una apreciación del maestro Arturo Ardao, para luego señalar un conflictivo asunto sobre el que resulta imprescindible meditar con honda honestidad intelectual.

“Toda reflexión sobre la identidad de América Latina tendría que tener en cuenta su pertenencia histórico – cultural a la Romania, a la que debe su nombre. Por otra parte, sus sustratos y adstratos indígenas, muy valiosos algunos de ellos, así como sus diversas inmigraciones, forzadas o libres, antes y después del período colonial, reiteran una constante tradición de la Romania. Desde sus más lejanos tiempos ha sido ella, como se ha dicho “una mezcla de hombres (y mujeres) venidos de todos los horizontes”, incorporados por el lenguaje a una civilización común”.

A pesar de la incontrastable vigencia de la formulación del filósofo rioplatense, no es posible desconocer que desde la década del 70 del siglo XX, el porcentaje mayor de las elites económicas de América del Sur se ha “norteamericanizado”.

Algunos de sus componentes porque en Miami y Wall Street –digamos rápido- accedían a implementar articulaciones financieras que durante muchos años dejó de proveer Europa, (dependencia funcional) o porque enviaron a sus hijos a estudiar en universidades en Estados Unidos y otros, los productores de materias primas en particular, porque desde el asesinato de Kennedy el sistema de inteligencia militar norteamericano les ofrecía una mayor cobertura en la defensa de sus privilegios frente al incremento de las demandas democratizadoras de los trabajadores.

Y porque entonces ese mercado les resultaba vital a sus intereses y no contaban con alternativas.

La influencia ideológica de Estados Unidos, no es necesario indicarlo, también se ha extendido a las clases medias del continente, consolidándose lo que podríamos denominar como una “occidentalización mercantilista acrítica”, antes que una “occidentalización democrático institucional”.

La consecuencia de este proceso, esencialmente negativo, aunque desde el punto de vista de la dinámica productiva tuvo también algunos efectos removedores, dio como resultado a líderes superfluos, personajes incapaces de formularse preguntas como las que se presentan al inicio de este capítulo y que por tanto suelen caer en la indignidad de la genuflexión y la obediencia a los CEO de la monarquía del capital.

De esa progresiva “norteamericanización” funcional de las elites cuyos privilegios han sido puestos en cuestión en casi toda América del Sur, con particular intensidad a principios del siglo XXI luego de la victoria electoral de Lula en Brasil, emergió en muchas naciones una clase dirigente que al haber sido desplazada o ante el riesgo de ser desplazada acentuó su entrelazamiento con grupos de interés de Estados Unidos.

Ese acercamiento sin embargo, que les facilitó recursos para recuperar coyunturalmente la hegemonía, no resolverá el problema principal de los países de América del Sur, el cual sigue consistiendo en las dificultades para lograr implementar modelos de desarrollo sostenible.

En demasiados países del mundo, -en algunos toscamente, en otros más sofisticadamente- el capitalismo monopolista de Estado, la articulación estructural tecno burocracias gerenciales de las instituciones estatales / empresas de mayoría accionaria nacionales, propició la emergencia de poliarquías concentradoras de la riqueza.

Poliarquías que cualesquiera sean los aliados que escoja en el mundo no parecen disponer en sus prácticas de otro fundamento que el de preservar a cualquier costo sus privilegios.

El fundamento que dio origen a la emergencia de las “poliarquías” resulta de la necesidad real de muchas naciones de contar con empresas capitalistas que ocupen espacios significativos del propio mercado y en lo posible se expandan y cuyas utilidades fueran y sean reinvertidas en la propia economía nacional.

En los países en los cuales cierto equilibrio de fuerzas entre la burguesía y los trabajadores asalariados esa lógica permitió implementar modelos desarrollistas orientadas a la democratización de la sociedad -educación pública de calidad, salud pública de calidad, seguridad social seriamente gestionada, institucionalidad y capital destinado al impulso a la innovación productiva y al desarrollo científico técnico, etc., se consolidaron elites democráticas autonomistas respecto de cualquier poder geopolítico extrarregional.

Para fortalecer ese autonomismo que geopolíticamente parecía natural, digamos por ahora, incluso las naciones más desarrolladas y demográficamente significativas, (Francia y Alemania en la Europa de posguerra por ejemplo) impulsaron procesos de integración seriamente diseñados.

Los países más desarrollados siguiendo lógicas neoimperialistas, esto es, imponiendo las reglas de juego, los menos industrializados o con menor disponibilidad de capital procurando articular acuerdos de comercio útiles a sus políticas desarrollistas según las lógicas del capitalismo monopolista de Estado.

En los países controlados por castas oligárquicas (algunas de las cuales tomadas por estructuras mafiosas) por el contrario, tuvieron lugar espantosos procesos de concentración de la riqueza y de degradación o anulación de la cultura democrática.

Estas últimas elites estamentales necesitaban y necesitan el respaldo diplomático militar o directamente militar de alguna superpotencia.

Pues bien. Estas lógicas que hasta hace bien poco fueron desde el punto de vista de las elites económicas, funcionales a la preservación de sus privilegios (estabilidad democrática en el primer conglomerado de países, estabilidad más o menos autoritaria en el segundo conglomerado de países) son ya inoperantes.

Ni siquiera Europa, un continente de desarrollo industrial y técnico cultural muy alto, es capaz de intervenir en la economía global según las lógicas del capitalismo monopolista de Estado, mucho menos tienen alguna chance de aplicar políticas proteccionistas de largo aliento a favor de SUS empresas transnacionales o nacionales estratégicas las naciones que dependen del acceso a capitales globales.

En la economía planetaria ya orgánicamente consolidada únicamente la gestión científico cultural de la política en general y de la política económica en particular puede abrir el cauce al desarrollo integral.

Esto presupone una articulación permanente de empresas nacionales e internacionales, públicas y privadas, del fomento al ahorro en el mercado doméstico y regional, la gestión profesional del capital externo y entre otras muchas “tareas” una muy relevante: el análisis sistemático y crítico de la evolución del capitalismo global según el interés general de una comunidad cuya conducción política obtiene legitimidad mediante procedimientos radicalmente democráticos.

La militarización de la política, en cualesquiera de sus orientaciones, no hace más que horadar las condiciones de estabilidad, la dinámica productiva que resulta imprescindible a cualquier comunidad humana para perfeccionar sus condiciones de existencia.

Pero la radicalidad de la disputa por recursos naturales entre muy competitivos espacios geopolíticos (EE. UU. – Gran Bretaña / Europa / China – Rusia) sumada a la radicalidad de la disputa por la riqueza en todas y cada una de las naciones del mundo orienta a la praxis expansiva de las empresas políticamente más influyentes (el capitalismo es expansivo por naturaleza) en la dirección cortoplacista de “controlar” las regiones más próximas a su enclave territorial, a su “área de influencia”.

Ante esa realidad objetiva, muy objetiva, los conglomerados de naciones culturalmente identificados o territorialmente pertenecientes a un mismo espacio geopolítico tienen esencialmente tres opciones:

o fortalecen sus propias capacidades (económicas y políticas) mientras participan en el esfuerzo que será inexorable por reformular las formas político – jurídicas de gobernanza mundial,

o formalizan acuerdos estratégicos entre ellos organizándose para participar incluso militarmente de los conflictos globales o, finalmente,

formalizan acuerdos con alguno de los bloques más poderosos involucrándose por tanto en todas las esferas de los conflictos que entre esos bloques más poderosas pueden desenvolverse fuera de control.

Las sociedades de América del Sur disponen en la versatilidad espiritual de sus tradiciones comunitarias multiculturales del sustento necesario como para no dejarse arrastrar a ninguna aventura militarista, quizá procurando regenerar la potencia civilizatoria de la latinidad en un esfuerzo común con todas las naciones que han abrevado de esa herencia.

Obstruye esa potencia, tanto la bravucona pedantería de los grupos de interés oligárquicos o estamentales, (para decirlo recurriendo a esquemas simplificadores) como, lo que es más grave, la creciente adherencia de las clases medias a paradigmas propios del utilitarismo anglosajón, cuanto más mercantilizada la sociedad global más influenciadas en sus prácticas esas clases medias por el egoísmo individualista que es propio de esa tradición.

Que una cosa es el estímulo de la iniciativa individual, la implementación de políticas integradoras para que cada individuo pueda desarrollar toda su potencia creativa y otra bien diferente es dejarse tomar por el alienado solipsismo postmoderno, hegemónico en Estados Unidos y algunos países europeos, y que anula toda espiritualidad comunitaria, más, toda espiritualidad en general.

La dialéctica de equilibrio entre modernización capitalista de la economía, (imprescindible históricamente), desenvolvimiento de una praxis crítica respecto de ese mismo proceso, (imprescindible culturalmente) es de las operaciones intelectuales más complejas de implementar en el mundo contemporáneo….

 

Capítulo VI

Estados Unidos y América del Sur

Montesquieu, Rousseau, Locke, Jefferson, Madison y la pujanza de sus multiculturales y sucesivas oleadas de inmigrantes yacen todavía en el espíritu democrático revolucionario que, en su génesis, explica a Estados Unidos de Norteamérica.

Su dinamismo de dos siglos y la calidad y confiabilidad garantista de sus instituciones republicanas le permitieron obtener merecido prestigio.
Ese fue el sustento que posibilitó, hasta la emergencia del macartismo y el asesinato de Kennedy, (tomados simbólicamente como el inicio de su crisis político cultural) ubicarse como un interlocutor privilegiado en el escenario mundial.

En el período histórico en el que el capitalismo como sistema optimizaba su potencia transformadora hasta el límite de su capacidad orgánica (sofisticación en la organización competitiva del trabajo y el estímulo permanente de la innovación tecnológica), Estados Unidos ocupó el rol de vanguardia.

En todas las esferas de la producción, incluidas las ideológicas.

Estados Unidos es, todavía, el país económicamente más desarrollado del hemisferio occidental.

Varias causas lo explican: la colonización británica y su posterior exportación de los efectos de la revolución industrial, la densidad intelectual del proceso independentista, las olas inmigratorias de extraordinaria riqueza multicultural, sus enormes recursos naturales, el apego al trabajo y al ahorro de algunas tradiciones religiosas protestantes, la dinámica innovadora de las comunidades judías que en sucesivas etapas desembarcaron en New York, la significación de la noción de libertad en que basó sobre todo durante el siglo XIX su cultura, la pujanza del desarrollo industrial, la frescura de sus ideales comunitarios antes que burocrático estatalistas, la plasticidad político cultural del aporte latino europeo y la contagiosa alegría de vivir del espíritu latino americano…

También la utilización de mano de obra esclava en las plantaciones del Sur, que le permitieron acumular enormes sumas de capital mientras Europa envejecía y se desangraba en guerras imperialistas.

La vieja Europa de la restauración conservadora posterior a la Comuna de París se descomponía, Estados Unidos creaba la base material para erigirse en potencia hegemónica.

Para las naciones de América del Sur constituye Estados Unidos un socio comercial indispensable.

Y siempre y cuando el relacionamiento entre el norte y el sur del ”hemisferio occidental” tenga lugar en condiciones de respeto mutuo, tal interrelación económica y por ende, luego, cultural, no tendría por qué no desenvolverse con naturalidad, con la naturalidad de la geografía, a la que debe el concepto de “hemisferio occidental” su utilización político – diplomática.

En el proceso de disputa por la hegemonía en la fijación de las reglas de juego del comercio mundial, Estados Unidos defendió sus intereses nacionales en algunos momentos siguiendo prácticas imperialistas, en otros, procurando implementar procedimientos serios de gobernanza global.
Cuando esto último ocurrió sus relaciones con América del Sur parecían evolucionar hacia la trabajosa creación de una confianza mutua que fuera superando cierta neurótica actitud imperialista de Estados Unidos que alternaba en su política hacia el continente practicas intervencionistas con la más absoluta despreocupación por su destino.

Cuando la Casa Blanca pretendió decidir diplomático militarmente quien (y aún cómo) gobierna en cada una las naciones de América del Sur, el sin embargo geopolíticamente inevitable relacionamiento, resulta evidente, no podía desenvolverse más que muy conflictivamente.

Y aunque algunos líderes de muy bajo nivel intelectual se plieguen, sobre todo en el área bañada por el océano Pacífico, a la cíclica pretensión paternalista del neoconservadurismo norteamericano, prevalecerá en el sur de América la perspectiva antiimperialista.

En caso contrario América del Sur no será más que una tierra fértil explotada por intereses diferentes a los de las comunidades que en ella habitan.

Si se observa en perspectiva histórica, por lo demás, ninguna acción imperialista de Estados Unidos hacia América del Sur ha resultado en la creación de condiciones de estabilidad para el desarrollo.

Antes por el contrario, el efecto de sus intervenciones militares directas o de inteligencia policíaca, siempre realizadas en favor de los grupos de privilegio abusivamente concentradores de la riqueza, han resultado en un agravamiento de la fragmentación social, exceptuando quizá a Panamá, por razones bastante evidentes: el estratégico canal no puede jugar su imprescindible rol en el comercio mundial en un país inestable de modo que han fluido hacía su economía legales e ilegales ingentes masas de dinero de las que se benefician las finanzas norteamericanas.

Abramos antes de continuar analizando el rol de Estados Unidos un paréntesis, para observar un poco más detenidamente el problema de la fragmentación social, (de la concentración de la riqueza) causa sustancial de las cíclicas crisis en Argentina, Brasil y Venezuela, agudizadas en el presente por la radicalidad de la competencia productiva entre espacios geopolíticos en ese plano ya en igualdad de condiciones.

A fines de marzo de 2019 el Rey de España visitó Argentina. Pocas horas después de su arribo a tierra firme (que se demoró en el aeropuerto porque no “aparecía” la escalera) realizó una visita a los tres poderes del Estado: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

¿Por qué tal escenificación de la significación del Estado de Derecho, consideró el algo inocente monarca español resultaba necesaria?

Porque tanto en Argentina, como en Brasil como en Venezuela, el Estado de Derecho garantista no ha logrado consolidarse, normalizarse como cultura política.

Lo que en cambio se ha normalizado en esas naciones es la corrupción, de la que participan todos los partidos, y que propicia una permanente permeabilidad a influencias externas, diversos grados de debilidad institucional.

La causa esencial por la que ello ocurre es la gravedad de la fragmentación social, los multitudinarios bolsones de pobreza y marginalidad estructural resultado de la ausencia sistemática de procesos serios de distribución de la riqueza.

La pobreza estructural propicia todo tipo de prácticas clientelares, la competencia por mano de obra barata entre grupos delictivos, la intromisión de esos grupos en las instituciones de seguridad y en la Justicia, la degradación ética de esas instituciones, en las cuales luego intervienen también según las mismas lógicas grupos de presión que mediante modelos económico-burocráticos han logrado monopolizar los más rentables sectores de la economía…

También ingresan por esa misma vulnerabilidad institucional agentes externos cuyos propios intereses monopolistas así gestionados en ningún caso pueden coincidir con los comunitarios, nacionales.

La gravedad de la situación social en la mayoría de los países de América del Sur, por ello mismo, sigue siendo explosiva.

Los porcentajes de la población trabajando en la informalidad son inmensos, la capacidad del Estado nacional de preservar una mínimamente digna calidad de prestaciones se deteriora cíclicamente.

La algarabía “miaminesca” de algunas elites y clases medias acomodadas oculta la magnitud de esa crisis, es más visible que ella, pero la misma no sólo permanece irresuelta, sino que desde el 2019 se agrava en casi todas las naciones.

La crisis social quizá pueda administrarse políticamente si la economía occidental logra revitalizarse, pero también es posible que una no impensable crisis bursátil mundial, (sobre todo si la administración de la economía global sigue desenvolviéndose sin criterios científico – culturales) haga estallar esa creciente indignación social.

Únicamente la inaudita estupidez de algunos dirigentes políticos y empresariales trenzados ya impúdicamente puede creer que esa crisis se resuelve militarizando a la política o acorralando a tal o cual gobierno rebelde o imponiendo reformas aquí o allá, sin la generación previa de consensos sistémicos.

La crisis venezolana posterior a la muerte de Hugo Chávez obedeció, precisamente y entre otras cosas, a dos fenómenos interrelacionados: la oposición no democrática que pretendió desplazarlo mediante un golpe de Estado inició de ese modo la militarización de la política venezolana y la forma en que el PSUV procuró resolver la cuestión social, erradicar la pobreza crítica, también.

(Analizaremos en breve esa praxis chavista ante la pobreza estructural)

Pero comenzamos el presente capítulo refiriendo a Estados Unidos de suerte que concluyámoslo volviendo a referir a un asunto de importancia global que involucra a esa nación.

El dólar

El dólar se convirtió en la moneda de referencia del comercio mundial como consecuencia de la victoria de los aliados en la segunda guerra mundial (en la que el Ejército Rojo fue decisivo) sobre el nazismo y el fascismo.

Una Europa devastada no podía garantizar confiabilidad en el manejo macroeconómico de la economía global y un cierto equilibrio de fuerzas, en realidad aparente, pero militarmente consistente, entre la burguesía occidental y los Estados que se autocalificaban como del “socialismo real”, le permitieron a Estados Unidos imponer las reglas de juego de la política monetaria mundial.

En los últimos años sin embargo, la petulancia militarista de las administraciones ultraconservadores en Estados Unidos puso en cuestión, entre otras muchas cosas, la capacidad de la Reserva Federal de seguir ofreciendo la confiabilidad institucional que la ha caracterizado.
La confianza institucional global en la Reserva Federal es el resultado de que cuando anunciaba suba de las tasas implementaba subas y cuando anunciaba reducción de las mismas las ejecutaba según el cronograma que antes había hecho público.

Como formaba parte de un sistema institucional esencialmente confiable, el resto del mundo le concedió durante décadas esa confianza imprescindible desde que el dólar dejó de estar basado en el patrón oro.

Esa confiabilidad resultará degradada sistemáticamente si Estados Unidos pretende preservar su hegemonía en este y en otros planos con base en acciones militaristas.

Sólo personajes patológicamente enfermos de antiliberalismo y anticomunismo pueden creer que una acción guerrerista puede desenvolverse en la actualidad, por ejemplo, en América del Sur, sin que ella tenga consecuencias en todos los campos (desde los económicos hasta los militares) para Estados Unidos y los países que participen de la aventura.

¿En quién confiará occidente en cuanto cierta previsibilidad y seriedad de sus intervenciones diplomáticas en la globalización, si Estados Unidos incurre en una sucesión de prácticas vulgarmente arbitrarias?

¿Cuánto más tiempo puede permitir el resto del mundo que el dólar siga jugando un rol destacado en el comercio mundial en esas condiciones?
El recurso permanente a acciones militaristas que desde la Guerra del Golfo desenvuelve Estados Unidos (con mayor o menor intensidad según gobiernen los republicanos o los demócratas) expone con crudeza la profundidad de su crisis cultural.

Las elites norteamericanas, las de la potencia militar más desarrollada del mundo, no están comprendiendo los contenidos con los que se desenvuelve en el presente el proceso de la civilización.

Apuestan, posiblemente, a que pueden jugar cualquier juego porque no existe en la realidad política actual una fuerza político social capaz de articular las demandas democratizadoras de las relaciones sociales de los trabajadores, trabajadores que sin embargo vuelven a incrementar sus niveles de organización en esa dirección.

En el dinámico universo de sus universidades, en las comunidades de identidad que han perdido calidad de vida -los trabajadores, los afroamericanos y los hispanos y particularmente las mujeres de esas comunidades de interés o identidad-, en las innovadoras búsquedas productivas de millones de jóvenes de la clase media que se mueven en el vasto mundo de las nuevas tecnologías, Estados Unidos cuenta sin embargo con la masa crítica necesaria para revertir el proceso de descomposición cultural e institucional que actualmente protagoniza.

Pero mientras esas fuerzas elevan la calidad de sus acciones político – culturales hasta tornarse mayoritarias en la conducción institucional, la capacidad de Estados Unidos de producir agudas crisis regionales puede arrastrar a América del sur y también a Europa (pues un porcentaje muy elevado de sus elites han devenido, desde la segunda guerra mundial, sus aliadas más bien acríticas, militarmente dependientes), con lo que todo occidente ingresaría en niveles de inestabilidad inadministrables políticamente.

Tanto para los europeos como para los americanos del Sur, el ahondamiento de la polarización de clases en la lógica amigo – enemigo que el ultra conservadurismo y en algunos países, el neofascismo, estimulan, representaría un retroceso de cincuenta años en el proceso de creación de sus propias capacidades de desarrollo autónomo.

Esto es, en la búsqueda de modelos autónomos de desarrollo que no pretenden aislarse del mundo, sino integrarse a él según los intereses sociales de la mayoría abrumadora de su población.

Pero muy particularmente, la reproducción de lógicas semejantes a las de la guerra fría tendrían efectos duraderos devastadores en América del Sur, tanto por sus vulnerabilidades institucionales, como por sus debilidades científico técnicas, como por la penetración en sus estructuras sociales fragmentadas de organizaciones delictivas de toda naturaleza, fácilmente manipulables para que operen como paramilitares, acentuando así la perspectiva de convertir a buena parte de las naciones del continente en Estados fallidos.

 

Capítulo VII

¿La “razón” o la “fuerza”?

El proceso de evolución cultural de la humanidad ha sido y será todavía por muchas décadas obstaculizado, perturbado, por dos fenómenos que aunque aquí apenas enunciaremos, no pueden ser omitidos en cualquier esfuerzo por comprender la gravedad de la crisis en occidente.

Se trata de complejos conflictos civilizatorios, como todos ellos, interrelacionados.

Al primero de ellos lo presentaremos como el conflicto entre el “realismo” supuestamente pragmático que profesan buena parte de las elites occidentales y a partir del cual intervienen en la praxis política tomando como dada y eterna a la “objetividad competitiva” entre comunidades humanas, naciones y clases sociales y la existencia muy y cada vez más materialmente evidente de la especie humana como tal especie humana y que, sin embargo, no es tomada en consideración por esas mismas elites al adoptar decisiones.

¡La humanidad no es tomada en cuenta!

El segundo de los fenómenos resulta de la recurrente tentación de los grupos de interés más influyentes de occidente por resolver los problemas que de ese conflicto emanan mediante la “militarización de la política”, lo que a su vez despierta en las clases sociales asalariadas y en los países menos desarrollados reacciones también militaristas.

De ese conflicto entre el “realismo” fundado en la “razón de Estado” nacional y la universalización orgánica de la especie humana han surgido tanto el “mesianismo romántico”, el elogio de la fuerza como rasgo distintivo de lo humano, su proyección en un “salvador”, un líder carismático que resolverá los problemas de la comunidad a balazos, con el que algunas elites se opusieron a la racionalización orientada a la democratización de las relaciones sociales, como el “mesianismo voluntarista” con que algunas clases sociales subalternas procuran de vez en vez derrotar a un enemigo personalizado, las tales elites antidemocráticas.

Como los tomadores de decisión operan en función de intereses “nacionales”, cuando tales intereses no pueden satisfacer sus necesidades por su propia “voluntad” nacional, surgen ideologías del odio que simplifican espantosamente al proceso de la civilización.

De esa dialéctica de conflicto entre “irracionalismos”, que tiene componentes materiales (la disputa por la riqueza social) y culturales (la disputa por la dirección del proceso de la civilización) surgieron el fascismo, el nazismo y el estalinismo.

La constatación de los contenidos esenciales de esta problemática sin embargo, (que aquí apenas esbozamos) no alcanza para explicar Auschwitz ni el asesinato de miles de “comunistas” y librepensadores por una estructura burocrático -policíaca que decía actuar en nombre del “comunismo”: el estalinismo.

En la génesis de ambos fenómenos se encuentra la dialéctica de conflicto que enunciamos como “el realismo” que tomando en consideración la competitividad objetiva entre comunidades humanas y clases sociales que ha caracterizado al proceso de la civilización concede legitimidad a todo tipo de prácticas violentas.

Como las comunidades humanas, antes de ocuparse de la libertad, la igualdad y la fraternidad, han tenido que asegurar la producción de sus condiciones de existencia en condiciones de escasez, se concede validez a cualquier acción en beneficio, o que se cree que operará en beneficio, del Estado nación al que se pertenece.

Hegel y Weber fundamentaron teóricamente esa lógica que, ciertamente, operó en la realidad competitiva histórica desde que para consolidar su reproducción los seres humanos debieron asentarse en territorios específicos.

Y esa es la mentalidad que todavía prevalece en las comunidades humanas organizadas en estructuras estatal burocráticas.

Durante miles de años sin embargo, esa peculiaridad del proceso de la civilización, la competencia entre comunidades humanas por tierras fértiles, recursos minerales, agua, petróleo, mercados más o menos cautivos…produjo guerras de religión, conflictos militares centrados en la disputa de territorios o la preservación de los mismos, pero no asesinatos masivos de civiles, ni campos de concentración ni programas para la eliminación de una comunidad humana por razón de su pertenencia a una tradición, ni el lanzamiento de una bomba atómica con el argumento de acelerar el fin de un conflicto armado (sic) ni la construcción de muros para evitar migraciones, ni la orquestación profesional de campañas mediáticas reproducidas acríticamente por miles de periodistas (ocupados en su propia calidad de vida antes que en la verdad) para demonizar a un competidor, ni la generación de operaciones paramilitares permanentes con el objeto de desestabilizar a un país o una región de modo de acentuar sus conflictos internos con el propósito de facilitar las acciones orientadas a la obtención menos costosa de sus recursos naturales o adquirir por baratijas sus empresas nacionales más competitivas…

Todas esas prácticas orientadas a evitar por cualquier medio la democratización de las relaciones sociales a escala universal únicamente comenzaron a ser aplicadas luego de las revoluciones proletarias y parecen retornar ahora con cierta violencia porque nunca antes en la historia del proceso de humanización, del devenir humano del animal que somos, las condiciones materiales para que la democratización ocurra fueron tan propicias.

La exaltación de la fuerza, de lo “valorado” como lo más primario y “pasional” en la caracterización de la condición humana, esgrimida por las aristocracias y sus intelectuales (Nietzsche, Heidegger, Schmitt) como el fundamento del ser, sin la cual la existencia “no tendría sentido”, constituye un superficial argumento contra la democratización de las relaciones sociales, esto es, contra la igualdad de la especie humana, contra el pluralismo, (pues como toda praxis individual libremente desenvuelta produce diversidad, originalidad, una vez que esa diversidad se consolida político jurídicamente como parte de la democratización cultural de la sociedad, ello debilita a todas las formas del autoritarismo), contra los trabajadores organizados, pues su acción política colectiva los coloca en mejores condiciones de disputar la dirección del proceso de la civilización, de someter a crítica histórica y operativa a la sociedad dividida en clases.

Cuanto más factible resulta la democratización de las relaciones sociales a escala mundial, cuanto más se ahonda la generación de las condiciones para su implementación científico cultural en la realidad económica y geopolítica, tanto más violentamente reaccionan las clases sociales cuyos privilegios esa democratización universal de las relaciones sociales desafía.

“La victoria de la fe” y “el triunfo de la voluntad” se titularon las realizaciones audiovisuales que el nazismo encomendó a Leni Riefenstahl para exaltar el ultranacionalismo con el objeto de arrastrar al pueblo alemán a la guerra contra las naciones que la habían derrotado en la primera guerra mundial y que por ello mismo la colocaban en posición marginal en el proceso de disputa imperialista por el control del naciente mercado mundial al mismo tiempo que agudizaban los conflictos sociales en su interior, ahondando el riesgo de que la opción revolucionaria emprendida por los bolcheviques en Rusia fuere imitada por los trabajadores alemanes.

En la historia de occidente la reflexión abstracta sobre el “sentido del ser”, entre quienes subrayan la prevalencia de la “fuerza, la pasión” y quienes subrayan la prevalencia de la “razón”, se reproduce recurrentemente como conflicto no meramente intelectual, sino práctico político.
El militar voluntarismo en todas sus variantes pretende fundamentarse en ese dualismo empobrecedor, lastimosa e interesadamente empobrecedor, como lo son todos los dualismos y cuya lógica ha podido anclar en el “sentido común” de las sociedades singulares porque las experiencias prácticas mediante las cuales producen sus condiciones de existencia han sido efectivamente competitivas.

Y la competencia por el control de recursos escasos empuja al animal que todavía somos a anular al competidor que a su vez necesita de esos recursos, demanda, como si se tratase de un proceso “natural”, el uso ocasional de la “fuerza”.

Como efectivamente fue necesario acceder al control de territorios, organizar el trabajo esclavo, luego asalariado, por parte de las elites gobernantes de las comunidades en competencia, para producir la riqueza que asegurase su existencia, los conflictos derivados de esa pugna y la creación cultural de las mejores condiciones “espirituales” para desenvolverla se presentan como “naturales” y “eternas”.

Pero la democratización universal de las relaciones sociales como proceso, como tendencia, es el resultado de las características ontológicas que diferencian al ser humano de todas las demás especies: la experimentación reflexiva en el proceso de producción y perfeccionamiento de sus condiciones de existencia como tal ser humano genérico.

De suerte que ni psicosocial (identitariamente) ni materialmente, como indicamos ya antes en este texto, los chinos dejarán de ser chinos ni los alemanes, alemanes, en el proceso de reproducción de las condiciones de su existencia comunitaria.

Pero ni los chinos ni los alemanes pueden ya, una vez que se ha socializado universalmente la creación de riqueza, prescindir los unos de los otros, razón por la cual, ora Putin, ora Macron y Xi Jinping, ora otras personalidades que les sucederán, se reunirán con mucha frecuencia de aquí en más, para organizar la complejísima transición entre las sociedades clasistas competitivas que caracterizaron hasta el presente al proceso de la civilización y la sociedad humana produciendo su futuro como tal sociedad humana, horizonte al que de modo inexorable nos aproximamos.

No lo harán ni mediante “la fuerza”, ni mediante “la razón”, que no son rasgos contrapuestos en cuanto componentes del fenómeno humano, sino mediante la aplicación científico cultural de los conocimientos adquiridos por la praxis humana en el proceso de su desenvolvimiento como tal especie humana: la racionalidad dialéctica cuyos contenidos esenciales expuso Marx.

Y es esa posibilidad objetiva de organizar científico culturalmente al proceso de la civilización lo que despierta una vez más el culto al “realismo competitivo” de las estructuras burocrático – estamentales de los Estados nacionales, la “caída” en la agresividad violentista de los grupos de privilegio que dejan de ser monopólicamente competitivos…

Y el odio “irracional” capaz de utilizar recursos extremos para detener el proceso de democratización de las relaciones sociales por parte de las estructuras jerárquicas más antiguas y conservadoras: entre ellas las militares, los terratenientes menos cultos y los propietarios “privados” de recursos naturales necesarios para la reproducción de la vida humana.

No será posible aquí ahondar en el análisis de las profundas implicancias que ha tenido en España y América del Sur la mentalidad feudal de sus aristocracias, incluso de las que heredaron en Latinoamérica sus propiedades de actores que participaron del proceso independentista o dedicaron con honestidad intelectual energías a la reflexión sobre la realidad social y la condición humana, pero como una provocación cuyo objeto es estimular la revisión crítica de ese fenómeno concluiremos el presente capítulo compartiendo el texto de un “estanciero” uruguayo, significativo en la creación de la literatura nativista en el Río de la Plata y que fue, o quiso ser, mejor es decir, al mismo tiempo, “racionalista” y “espiritualista”…

Hace decir a un personaje de su novela “El terruño” el escritor Carlos Reyles, exponiendo un sentimiento que vuelve a aparecer entre algunos integrantes de los grupos de privilegio de América del Sur y España:

“Atravieso un período de dudas, de escepticismo, de mortal desencanto. Empiezo a sospechar que los libros me han robado la plata, que es falso lo que creí, que es falso lo que amé, y que el idealismo y el culto de la razón han hecho de este fraile un sonámbulo para quien el mundo exterior no existe y que, por lo tanto, la suerte condena a perpetua derrota. ¿Por qué me engañaron? ¿Por qué mintieron textos y profesores? ¿Por qué, como obedeciendo a un convenio tácito, todo el mundo propala el mismo embuste, la misma trapacería, la misma ilusión deformadora? Si ésta fuera provechosa me lo explicaría: yo sé que toda verdad es cosa deleznable y sin sentido frente a la mentira útil; pero es el caso que la ilusión espiritualista nos desorienta, nos llena los ojos de alucinaciones, nos enferma y se desvanece más tarde o más temprano dejándonos, en el medio del camino de la vida, inciertos y desvalidos. Entonces, ¿por qué ese engaño universal? ¿Por qué predicar el culto de la razón cuando sólo puede triunfar la fuerza, aunque a veces la disfracen ideales máscaras? ¿Por qué predicar la justicia cuando en todo el universo reina, y es saludable que reine, la iniquidad? ¿Por qué el amor, cuando sólo la discordia y la lucha nos unen? ¿Por qué el desinterés, ya que el egoísmo es el resorte propulsor, el nervio central de la humana criatura y que la inteligencia, por su naturaleza misma, nos condena a ver las cosas al través de un velo utilitario, no como son, sino como nos conviene que sean?”

 

Capítulo VIII

El deterioro institucional

¿Qué causas explican el deterioro institucional de Venezuela en la segunda década del siglo XX?

¿Son las mismas que explican el no menos grave, aunque en un sentido ideológico “opuesto” o que parecía opuesto, deterioro de la calidad de las instituciones democráticas en la República Argentina y en Brasil?

Con diferentes niveles de profundidad, las tres naciones sudamericanas ingresaron entre el 2015 y el 2020 en procesos de militarización de la política, de las que parecían haber salido a fines del siglo XX.

La militarización de la política no implica que grupos armados anden a los tiros todo el tiempo como ocurre en los Estados fallidos, aunque tal cosa pueda ocurrir como desenlace y ocurre en el cada vez más complejo universo del conflicto entre el Estado y las organizaciones criminales o “paramilitares” por lo general estimuladas ideológica y militarmente por agentes externos a la propia comunidad en la que se ha instalado un conflicto radicalizado.

La ruptura de las lógicas institucionalistas, político jurídicas garantistas, ocurre en algunas naciones por medio de la criminalización de las demandas democratizadoras, o a través de la utilización interesada de las estructuras de inteligencia policíaco militar, lo que frecuentemente las fragmenta, o mediante el deliberado fomento de actos vandálicos de muy diferente naturaleza que procuran junto a acciones mediáticas sistemáticas agudizar los niveles de polarización social y política.

En general el inicio de la militarización de la política obedece a la salida de cauce político jurídico de la disputa por la riqueza entre actores nacionales asociados a actores globales cuando, como en el caso de Argentina, Brasil y Venezuela, estos últimos intervienen en procura de “controlar” la inmensa riqueza que en la forma de minerales, petróleo o producción de alimentos, yace como reserva o potencia (tierras fértiles) al interior de las fronteras de esos países.

La militarización de la política es un fenómeno que emerge de la radicalización de la competencia por la hegemonía en la conducción de las instituciones estatales entre las clases sociales con intereses y necesidades diferentes en un contexto geopolítico caracterizado también por la ausencia de reglas de juego orientadas a la democratización de la sociedad global.

En la antigüedad, y hasta hace un rato, la defensa de los intereses “nacionales” (tanto cuando realmente lo fueran como cuando resultaban exaltados deliberadamente para encubrir la defensa de intereses económicos o estatal burocráticos por parte de grupos de privilegio) se operativizaba con relativa sencillez: mediante la preservación político institucional y militar de la autonomía en la toma de decisiones por parte de tal o cual comunidad nacional organizada políticamente en tal o cual territorio.

Esas lógicas podían ser ejecutadas mediante procedimientos democráticos, lo que facilitaba tanto la organización político cultural de la disputa por la riqueza como la defensa orgánica (policlasista) de la autonomía o mediante regímenes autoritarios que enunciaban la defensa de esa autonomía nacional pero terminaban siempre acordando con potencias externas para consolidar el rol de operadores con beneficios al servicio de esas potencias, razón por la cual, anulaban las condiciones para una competencia político jurídica por la distribución de la riqueza y a mediano plazo afectaban la producción misma de toda riqueza.

Demasiadas elites del mundo siguen interviniendo en la realidad política creyendo que todavía pueden recurrir a esos modelos y medios para dar respuesta a la necesidad reproductiva de las comunidades a las que dirigen o pretenden dirigir.

Pues no, ningún autoritarismo ni hegemonismo radical organizado según las lógicas geopolíticas competitivas, formulación de alianzas con tal o cual espacio geopolítico y en contra de otros, resolverá de aquí en más los problemas del desarrollo material y cultural de las comunidades humanas singulares.

En capítulos anteriores se explicaron, o se intentaron explicar, muy sucintamente, las causas por las cuales ello ocurre.

Lo que también ocurre sin embargo, es que la articulación de intereses policlasistas para crear y consolidar la calidad de las instituciones democráticas vuelve a ser desafiada con la misma salvaje vulgaridad intelectual y operativa que a principios del siglo XX por intereses imperialistas, oligárquicos o neoimperialistas que recurren cada vez más frecuentemente a lógicas militaristas para satisfacer sus necesidades estratégicas.

Volvamos a la pregunta con la cual se inició este capítulo:

¿Qué causas explican el deterioro institucional de Venezuela, Brasil y Argentina en lo que va del siglo XXI?

El deterioro institucional de Venezuela fue el resultado, esencialmente, de dos fenómenos que ocurrieron al mismo tiempo: la promoción de la militarización de la política por parte de grupos de privilegio que fueron desplazados por la victoria electoral del PSUV creado por Hugo Chávez Frías y que buscaron “padrinos” ultraconservadores en Estados Unidos y la aplicación de políticas económicas voluntaristas por parte del chavismo para resolver los problemas de la pobreza crítica en Venezuela.

El autor de este escrito todavía recuerda la pintoresca imagen del presidente Hugo Chávez paseándose por Caracas y exclamando aquí y allá, ante tal o cual edificio que albergaba importantes empresas: “¡Exprópiese!”.

Con la misma “solvencia” profesional en el manejo de las lógicas orgánicas del sistema capitalista de producción el “chavismo” pretendió transferir en un abrir y cerrar de ojos el saber hacer productivo de esas empresas multinacionales y de los conglomerados de capitalistas nacionales a comunas de trabajadores y poblaciones marginadas…

El esfuerzo de organización de los trabajadores para operar modelos de descentralización política estatal con el objeto de elaborar soluciones habitacionales, productivas alimenticias, sanitarias y educacionales realizado por el chavismo fue al mismo tiempo épico y voluntarista y pudo serlo porque la renta petrolera le aportaba ingentes recursos para financiar esa experimentación.

Pero no aplicó ni en este plano ni en el plano de la política macroeconómica ni el plano de la articulación policlasista de las políticas para dinamizar la economía criterios científico – culturales, sino monopolistas de Estado… ya impracticables, como hemos procurado demostrar en este escrito.

El resultado fue una profunda burocratización que toda vez que no está sometida a muy sofisticados instrumentos de fiscalización del poder concluye en prácticas clientelares por lo cual no pudo, aunque se lo propuso, quebrar el histórico proceso de naturalización de la corrupción que caracterizaba a Venezuela y que no casualmente ha caracterizado a Argentina, México y Brasil.

Si se observa el desenvolvimiento en la segunda década del siglo XXI del proceso histórico en América del Sur, comparándolo con la Europa de principios del Siglo XX, puede indicarse que en Venezuela hubo una revolución popular orientada a la democratización de las relaciones sociales y en Brasil una contra revolución orientada a detener un proceso semejante que había sido instrumentada por el dirigente obrero Lula Da Silva.
Y que tanto una como otra contaron con respaldo de masas, como las revoluciones que en Alemania produjeron a la República de Weimar y luego, como reacción, al nazismo.

Frecuentemente estos procesos reforma / contra reforma tienen lugar porque la impotencia productiva de las naciones no científico culturalmente administradas conduce a sus elites a la búsqueda de soluciones cortoplacistas, enfocadas exclusivamente en la defensa de sus privilegios y a las elites proletarias, a concentrar su acción en la ruptura de esas formas de concentración de poder mediante prácticas voluntaristas.

Los procesos de militarización de la política durante el mismo periodo en Argentina y Brasil, en apariencia, pero sólo en apariencia menos agudos, fueron el resultado de las mismas dialécticas de conflicto: la disputa por los recursos naturales de esas naciones por parte de intereses imperialistas o neoimperialistas o por Estados interesados orgánicamente en debilitar esas prácticas imperialistas pues las mismas afectan la capacidad de expansión de sus propios conglomerados empresariales, y la disputa por el control radicalmente hegemónico de los instrumentos estatal nacionales decisivos en la definición de las formas de distribución de la riqueza.

Fenómenos que cuando se desenvuelven al mismo tiempo en naciones institucionalmente débiles y en sistemas políticos que se dejan arrastrar por la polarización social aceleran la descomposición: incrementan la vulnerabilidad de las instituciones tanto cuando son más o menos democráticas como cuando no son.

Una vez que el sistema institucional de una nación cualquiera, no es capaz de evitar la militarización de la política, inicia en el presente estado de la civilización, estado de situación que en algunos de sus componentes esenciales hemos procurado describir en este ensayito, un inexorable proceso de descomposición.

Y como difícilmente pueda sindicarse haya existido otro momento histórico en el que tantos servicios de inteligencia policial – militar y organizaciones delictivas profesionales operen desbocados en toda la inmensa extensión del planeta, el deterioro de la calidad institucional de tal o cual nación tenderá a conducir a la emergencia global de innumerables Estados fallidos.

El asunto de los servicios de inteligencia militar y paramilitar operando a todos los niveles, por otra parte, es todavía más grave de lo que se acaba de señalar, pues los tales servicios, como instituciones estatales, actúan naturalmente en una misma dirección orientada por cada uno de los Estados que los financian y organizan, pero en realidad, actualmente, conglomerados fraccionales al interior de esas instituciones se mueven en direcciones diferentes según cómo estén leyendo los conflictos globales o según a qué grupo de poder institucional o ideológico e incluso delictivo, respondan.

Esta problemática, en la República Argentina, pareció deteriorar en la segunda década del siglo XX al esfuerzo de más de treinta años realizado por esa sociedad por regenerar la calidad garantista del Poder Judicial.

El proceso de descomposición que afecta a casi todos los Estados de occidente se desenvuelve también en la forma de alianzas impensables a principios del Siglo XX: antiimperialistas de una zona del mundo con imperialistas de otra, exportadores de armamentos con mafias enquistadas en los aparatos de los Estados nacionales, instituciones bancarias con lavadores de dinero “profesionales”, oficiales de inteligencia desplazados al servicio de quien les pague más, organizaciones delictivas muy profesionales con grupos de oficiales de las instituciones militares y policiales, supremacistas de occidente con supremacistas de oriente, integristas islámicos con integristas evangelistas ultranacionalistas o ultraconservadores de muchos Estados… el lector puede añadir un sinnúmero de imágenes de la descomposición de la cultura democrática en occidente.

La descomposición es el resultado de la incapacidad de las elites para responder científicamente a la inmensa transformación civilizatoria que tiene lugar: la tensión entre la tentación exclusivista, supremacista, de los grupos de privilegio tradicionales y la dialéctica científico cultural, en la administración del proceso de la civilización.

Y esa tensión afectó también a la “izquierda”.

Hubo un momento a fines del siglo XX en el que el hecho de que la revolución popular en Venezuela se caracterizara a sí misma como “el socialismo del siglo XXI”, junto a la memoria reciente universal de la debacle de modelo estalinista autoproclamado como “socialismo real”, parecían indicar que el marxismo, que una teoría marxista de la democracia (del proceso evolutivo de la humanidad) no emergería como instrumento civilizatorio por un largo período histórico.

Esto aunque la revolución bolivariana no contenía ninguno de los componentes esenciales de la racionalidad dialéctica ni el estalinismo representó nada parecido a los fundamentos del marxismo, aunque ambos, en cuanto empujados por masas populares, procuraron implementar modelos de democratización de las relaciones sociales por lo menos en la esfera de la salud, la vivienda y la educación.

Lo que ocurrió finalmente a este respecto, sin embargo, es que la aceleración del proceso de descomposición de la cultura democrática en occidente, y la cada vez más seria praxis democratizadora en China, plantearon al proceso de regeneración del marxismo como una necesidad social universal.

Se trata, para occidente, de una cuestión “existencial”: sin un diálogo intelectual de altísimo nivel, entre la tradición liberal republicana y el marxismo, no se hallarán marcos conceptuales que posibiliten una praxis civilizatoria.

Y no es posible analizar la situación de Argentina, Brasil, y Venezuela durante las primeras décadas del siglo XXI sin considerar ese fenómeno, pues la potencia de una política democratizadora de las relaciones sociales científico culturalmente implementada altera hasta la demencia a los grupos de privilegio más conservadores y menos competitivos.

No sólo en América del Sur, pero muy particularmente en América del Sur, únicamente una praxis político cultural de masas que aísle y debilite a las prácticas populistas y voluntaristas podrá detener la reformulación de las formas de militarización de la política que ya ocasionaron profundo atraso en la región.

 

Capítulo IX

El nudo gordiano del presente momento de la civilización

Una de las principales causas que explican históricamente los procesos de militarización de la política lo es la radicalización del conflicto de intereses entre clases sociales o entre Estados nacionales que, por lo general, tienen aspiraciones en cuanto su participación en la dirección del proceso de la civilización.

En el primer caso se trata del conflicto por la distribución de la riqueza, que cuando por las razones que fueren, deja de poder ser administrado político jurídicamente, conduce a una progresiva radicalización de los conglomerados humanos en pugna.

En el segundo caso se trata de la satisfacción de necesidades materiales, riquezas minerales, tierras fértiles, mercados estables…, que posibiliten a las naciones el desenvolvimiento de su potencia productiva.

En las dos esferas de conflicto ha prevalecido históricamente la lógica competitiva. Esa lógica es ya orgánicamente insuficiente para resolver conflicto social e histórico cultural alguno.

Pero, he aquí el nudo gordiano al que se enfrenta la civilización humana, en la formación de la mentalidad política de las comunidades singulares sigue prevaleciendo como sentido común la idea de que cada cual puede resolver los problemas del desarrollo por sus propias fuerzas.

Eso explica y ha explicado durante buena parte del siglo XX la “razón” por la cual proyectos políticos “supremacistas” pueden llegar a tener respaldo social masivo.

Cuando al interior de una comunidad, en una sociedad o en una región del mundo se instalan procesos críticos de militarización de la política promovidos por esas ideologías supremacistas, que creen que valiéndose por sí mismas serán capaces de resolver tal o cual problema de desarrollo, a los ciudadanos se les presentan esencialmente cuatro opciones:

se toma partido por uno de los “bandos” en conflicto, el que promueve la “militarización” y el que inexorablemente con los mismos métodos se opone a ella

se formulan, EN ESE CONTEXTO, ineficaces exhortaciones pacifistas,

o se acentúa una praxis política de masas orientada a salir del proceso de militarización con los actores más lúcidos de los conglomerados humanos y poderes económicos y sociales enfrentados.

Cuando la opción político – jurídica mayoritariamente respaldada tiende a normalizarse, (lo que ocurre a largo plazo pues es la que resuelve o procura resolver las causas que motivan los conflictos) las sociedades por lo general tienden a inclinarse a respaldar a los actores que representan una evolución civilizatoria.

En ello se basó la expansión cultural de occidente.

Su modelo civilizatorio representaba una evolución productiva y cultural. Perfeccionaba los métodos de producción social e incrementaba los niveles de libertad.

Y es esa tendencia general del proceso de la civilización la que explica por qué tantos millones de individuos se plegaron en el mundo todo a los contenidos culturales de las revoluciones inglesa, americana, francesa y bolchevique, aun cuando ellas se desenvolvieron (durante mayor o menor espacio de tiempo) mediante prácticas revolucionarias radicales.

Para que la praxis civilizatoria prevalezca sobre las lógicas militaristas reaccionarias o amortigüe la radicalidad de los conflictos sociales y geopolíticos, no existe, a largo plazo, otra fórmula que la implementación de procesos de democratización de las relaciones sociales, en cada época según como esa democratización pueda ser experimentada sin poner en riesgo a la propia comunidad política que la impulsa.

Más de 3000 años de historia cultural de la humanidad lo ponen suficientemente en evidencia.

Esa historia expone contundentemente que cuando se acentúa la radicalidad de los conflictos sociales y la polarización política y social adquiere el carácter de un enfrentamiento militarizado, de mayor o menor intensidad, pero inadministrable político jurídicamente, las sociedades ingresan en procesos de descomposición.

El imperialismo como praxis expansionista (acumulación de capital), amortiguó la descomposición en algunas sociedades, postergó sus efectos, y pudo hacerlo porque el sistema de producción hegemónico, el capitalismo, todavía no había sido asimilado orgánicamente por toda la sociedad humana.

Por inercia, tendrán lugar todavía aquí o allá acciones imperialistas militarizadas, pero sus consecuencias serán adversas para quienes las efectivicen.

Mientras tanto, cuando se ha ingresado en un escenario de polarización radicalizada, sobre todo cuando intervienen poderosos intereses ajenos a tal o cual comunidad política, (la praxis imperialista) suele ocurrir que aquellos que procuran intervenir racionalmente en la búsqueda de soluciones son calificados como inocentes …

Es que está bastante probado que pararse en medio de un tiroteo a exclamar por ejemplo: “Queridos ciudadanos, ¡no disparen!”, suele concluir con la muerte del actor que en esas circunstancias apueste todavía a las palabras… es decir, ¡a la cultura!

La producción de cultura sin embargo, (la generación de las condiciones para propiciar el proceso evolutivo del animal al ser humano), trata todo el tiempo de evitar llegar a ese estado de situación en el que las lógicas radicalizadas son ya incontrolables.

Si las sociedades no logran evitar la militarización de la política es porque existen causas socio económicas muy profundas, como las que dieron lugar a las revoluciones burguesas y proletarias.

O en el plano geopolítico, frecuentemente, porque las partes en conflicto no están interviniendo en el proceso de la civilización representando necesidades sociales evolutivas sino guiados a partir de formulaciones ideológicas (no científicas) o por intereses de las clases privilegiadas o estratégicos coyunturales en la satisfacción de los cuales, creen, les “va la vida”.

Esa es la razón por la cual, aunque la humanidad ya ingresó en un tiempo histórico en el que es tecnológicamente posible crear abundancia de recursos, como todavía no se articularon formas político – jurídicas universales para distribuirlos equitativamente, toda vez que un conflicto social o geopolítico se radicaliza, alguna de las partes en conflicto termina recurriendo a la fuerza.

Entre dos “derechos”, coyunturalmente, se impone la fuerza, explicaba Marx, al mismo tiempo que hacía notar que las soluciones político – jurídicas que más expanden la libertad son las que terminan estableciéndose como “necesarias” al proceso evolutivo de la humanidad. Necesarias pues son las que aseguran la reproducción de la especie.

Cuando se impone la fuerza, las soluciones militaristas no resuelven ninguna de las causas que desataron al conflicto, pero el grupo de interés nacional o global o la clase social que resulta “vencedora” impone unas reglas de juego mediante las cuales coyunturalmente se beneficia…
Únicamente puede preservar su hegemonía así lograda sin embargo, si implementa procesos democratizadores serios y reales de las relaciones sociales.

Detrás de todos los conflictos suele haber, entonces, aunque a veces no claramente perceptibles, intereses de clase o geopolíticos estatal nacionales.

Si el grupo vencedor representa una necesidad social histórica, la de la burguesía frente al sistema feudal, por ejemplo, la nueva configuración de poder que emerge del conflicto se establece como hegemónica, en caso contrario no hace más que postergar la solución de la crisis que lo desató.

Este dilema civilizatorio que ha caracterizado a la humanidad se complica y se complica gravemente en el presente momento histórico, en el que ninguna praxis fundamentada en intereses nacionales o de bloque conduce a solución de fondo alguna a los problemas de la civilización. No obstante lo cual, el sentido común social que es el que orienta a las elites tiende a formarse según cuales sean las necesidades inmediatas, de supervivencia, de las mayorías integrantes de la comunidad política e identitaria a la que pertenece.

Y tal la razón social por la cual incluso cuando las elites operan en general en función de sus intereses particulares, la defensa de las posiciones de privilegio ya conquistadas, la clases sociales que carecen de ellos participan sin embargo de la intuición, como sentido común, de que únicamente a ellas atadas podrán A CORTO PLAZO satisfacer sus necesidades de existencia.

La experiencia histórica acumulada les indicaba y les indica que así efectivamente ocurrió durante largos períodos del proceso evolutivo.
¿Qué hacer entonces en el presente momento histórico, en el cual esa compleja dialéctica entre intereses inmediatos (nacionales o regionales) y disfuncionalidad de las prácticas por esos intereses motivadas para resolver ningún conflicto, todavía no puede administrarse mediante prácticas políticas universalmente establecidas según un orden jurídico?

Lo que posiblemente ocurra, tomando en consideración que el mundo es ya uno y el mismo aunque en la formación de la mentalidad política siga prevaleciendo la lógica de lo nacional o regional, es que los contenidos de la praxis política universal irán disociándose en todas partes esencialmente en dos direcciones:

las orientadas a propiciar la democratización de las relaciones sociales

y las orientadas a intentar “detener” ese proceso.

Las alianzas políticas entre Estados nacionales se producirán según esa dialéctica de conflicto.

Progresivamente, considerado en términos de proceso histórico, las mayorías sociales respaldarán a las elites que impulsen praxis democratizadoras en lugar de acciones orientadas a reproducir la concentración de la riqueza.

Como la cuestión democrática está intrínsecamente relacionada con la capacidad de las comunidades político – económicas para producir riqueza, ese cruce dialéctico: democratización, alianzas políticas que la hagan posible o por el contrario, acciones militarizadas tendentes a resistir el cambio civilizatorio, caracterizará los contenidos conflictivos del proceso de la civilización en las próximas décadas. Conflictivos porque al mismo tiempo las comunidades políticas serán desafiadas por los problemas propios de la democratización de las relaciones sociales y por la disputa de la hegemonía en la fijación de las reglas de juego del comercio mundial.

Y es este pliegue de conflictos dialécticos que analizamos, en el presente capítulo ya en toda su complejidad, el que explica al BREXIT y también, claro, la agresividad con que la elite ultraconservadora norteamericana intervino en relación a la crisis de Venezuela y a la persistencia institucional de la revolución cubana.

La suma de errores de gestión del capitalismo y de la cuestión democrática que en esas naciones tuvo lugar no hizo sino debilitar su capacidad de autodeterminación, pero no modificaba los contenidos del problema de fondo, cual es el de la democratización o no de las relaciones sociales, y es por ello por lo que millones y millones de personas siguieron respaldando a ambos gobiernos.

Cualquier pretensión de imponer una orientación a esas sociedades no podía desembocar sino en la profundización de los procesos de militarización de la política.

El temor a que corrigiendo las carencias de gestión técnico – económica y cultural, Cuba y Venezuela pudieran erigirse como ejemplos de democratización de las relaciones sociales mediante la creación institucional de una forma política que incrementara la cultura democrática, tanto económica como políticamente, aterraba a las elites ultraconservadoras de la región.

Pues observan con sus propios ojos que ello está ocurriendo en China.

En Inglaterra y en Brasil, en Venezuela y en Argentina (y en tantos otros países y regiones) pues, están planteados dos conflictos estructurales muy profundos, el referido a la democratización o no de las relaciones sociales, y el referido al alineamiento con tal o cual de los espacios geopolíticos que disputan la hegemonía en el establecimiento de las reglas de juego del comercio mundial, siguiendo todavía, por ahora, intereses nacionales o regionales.

Eso en un tiempo en el que, es necesario volver a subrayarlo, ya marcadamente los conflictos geopolíticos no atañen únicamente a regiones geográficamente próximas, sino a todas y cada una de las naciones del mundo.

El concepto área de influencia ha perdido todo sentido.

El hegemonismo radical de una potencia en tal o cual zona cercana a sus fronteras afecta el acceso a las materias primas de todas las potencias industriales, para enunciar el más evidente de los efectos, pero también interfiere en los equilibrios generales de relacionamiento de las empresas globales y las locales, cierra opciones a capitales nacionales para romper la dependencia de una única fuente de capital, y un largo etcétera.

La opción de la autonomía regional frente a las potencias más desarrolladas formó parte de las preocupaciones de Lula Da Silva y de Hugo Chávez, pero las prácticas imperialistas o neoimperialistas mediante las cuales infantilmente algunas naciones pretenden hacer frente a la emergencia de China como potencia mundial, más lo errores en la administración del proceso de democratización que procuraron implementar condujeron en un caso a su derrota político cultural y en otro al debilitamiento del apoyo de masas con el cual contó por casi dos décadas.

La elite ultraconservadora norteamericana aprovechó ese fenómeno para apretar el acelerador intervencionista.

Y sin embargo, si Estados Unidos continúa aplicando arbitrarias prácticas militaristas, por lo que viene de indicarse en este texto, el resto del mundo irá aislándolo progresivamente.

Ya ha ocurrido.

No habían ingresado todavía en ningún paraíso las almas de las decenas de millones de muertos –asesinados- en la segunda guerra mundial, cuando Francia acaso para redimir su espíritu nacional herido por el triste papel desempeñado por el gobierno colaboracionista con los nazis inició una acción militar en Indochina.

En el mismo momento, Truman, ya muerto y olvidado Roosevelt, colocaba los pilares de la guerra fría, contra la cual se alzaron cientos de millones de individuos en el mundo, dando lugar al proceso de descolonización progresiva de los países no desarrollados.

Esto es, tal como le ocurrió a Francia luego de la segunda guerra mundial, que a raíz de su crisis nacional (el gobierno de Vichy, colaboracionista con los nazis), se deslizó casi inmediatamente hacia una acción militarista externa, que se inició en Indochina y continuó luego con especial violencia en Argelia, a Estados Unidos le ocurre ahora algo semejante, la humanidad le pierde crecientemente el respeto y procura resolver esa crisis de legitimidad mediante una sucesión de aventuras guerreristas.

Tal como le ocurrió a Francia, que sólo recuperó su bien merecido prestigio democrático revolucionario a raíz de la acción de los estudiantes y obreros en mayo del 68, algo semejante ocurrirá en algún momento en Estados Unidos.

No deja de ser interesante hacer notar que el único fenómeno civilizatorio en ese mismo período de la historia al que nos referimos fue la construcción de la Unión Europea, en la que Francia y Alemania jugaron un rol central: se trataba de la búsqueda de autonomía de la vieja Europa en relación a Estados Unidos y la Unión Soviética pero concebida desde el acumulado cultural democrático revolucionario por Europa creado.

La creación de la Unión Europea refrenó el impulso imperialista de los más importantes países del continente.

Hasta que la guerra del golfo inició nuevamente el camino de la militarización desembozada.

El objetivo de la militarización de la política ha sido entonces históricamente el mismo: más allá de la pugna por recursos naturales o espacios geopolíticos de influencia, se ha tratado siempre, desde el surgimiento del fascismo y el nazismo, de detener el proceso de socialización universal del trabajo, pues ese proceso, por lo demás, inexorable, pone de relieve la unidad sustancial del género humano y resalta como imprescindible contenido de cualesquier praxis civilizatoria la democratización de las relaciones sociales a escala mundial.

 

Capítulo X

América del Sur: regeneración democrática, integración o un largo camino a la nada

En marzo y el último día de abril de 2019 se perpetraron contra Venezuela dos de las más graves acciones desestabilizadoras en perjuicio de una nación independiente que se hayan producido nunca en América del Sur.

Podrían haber causado miles de muertes y generado un estado de caos en el que organizaciones paramilitares financiadas desde el extranjero en conflicto con organizaciones sociales organizadas militarmente podrían haber abierto el cauce a una guerra civil.

En marzo de 2019, alentada y financiada por el ultra conservadurismo norteamericano una organización paramilitar luego esencialmente desmantelada atentó contra el sistema eléctrico de Venezuela y el último día de abril las huestes del senador norteamericano de apellido significativo, Rubio, intentaron fragmentar a las Fuerzas Armadas venezolanas y sacar por la fuerza al Presidente Maduro del poder.

Poder al que accedió en elecciones generales a las que no se presentó la oposición.

La serena reacción del gobierno y muy mayoritariamente (adherentes al PSUV y a la oposición democrática) del pueblo de Venezuela, evitó en ambos casos una catástrofe. Esto es, el inicio de una guerra civil, que era el único desenlace posible de la crisis venezolana si ella no se resolvía político jurídicamente.

Los sectores de la oposición antidemocrática que iniciaron ya hace muchos años la militarización de la política venezolana intentando derrotar a Hugo Chávez mediante un golpe de Estado, con el apoyo de algunos “halcones” del gobierno norteamericano y siguiendo procedimientos semejantes a los utilizados durante la guerra fría contra Salvador Allende en Chile decidieron jugar sus últimas cartas antes de recurrir a la opción militar directa para la cual buscaron el apoyo de las Fuerzas Armadas colombianas y brasileñas.

Es decir, promovieron una guerra regional que “justificase” (luego de unos cuantos miles de muertos ajenos) la intervención directa de Estados Unidos.

Unos días antes, uno de los más prestigiosos expertos en Derecho Internacional (colaborador de las Naciones Unidas) expresaba públicamente a las autoridades de la ONU que enviaran personal probadamente independiente a analizar la situación de Venezuela pues los medios privados pertenecientes a corporaciones occidentales habían hecho que “naveguemos en un océano de información falsa” en todo lo que refería a la situación real de esa nación.

Desgraciadamente, (pues muestra la debilidad de la oposición democrática radical en esas naciones) también los medios públicos de las naciones desarrolladas se plegaron a esa campaña militarizada que nada tiene que ver con las mejores tradiciones profesionales del periodismo europeo.
Violando toda la normativa internacional, para completar el cuadro, el gobierno norteamericano dispuso incrementar las sanciones económicas y financieras contra Venezuela y Cuba.

El argumento de los partidos de derecha de algunos países europeos y sudamericanos para no condenar esta monstruosidad que de conducir a una militarización de la región afectaría gravemente sus propios intereses estratégicos, fue indicar que en Venezuela, había “una dictadura”.

En Venezuela, ciertamente, se deterioró la calidad de la democracia y en ese proceso, iniciado por las acciones golpistas y desestabilizadoras del neoconservadurismo de grupos de privilegio venezolanos, colombianos y norteamericanos, tuvo también responsabilidades el gobierno del PSUV.
Gobierno que, sin embargo, hizo esfuerzos serios por evitar usar toda la fuerza militar de la que disponía, aún en medio de agresiones militaristas permanentes y Maduro en particular, contribuyó a evitar con su moderación que los ánimos radicalizados de las partes (y los poderes) en conflicto, derivasen hacia una guerra civil o regional.

Posiblemente, Maduro y la abrumadora mayoría de las Fuerzas Armadas venezolanas eran conscientes de que no sólo tenían la responsabilidad de preservar la autonomía económica y política de Venezuela y evitar el incremento de la polarización militarizada sino que sus acciones, la inteligencia y altura de miras de sus acciones eran muy relevantes en los esfuerzos continentales por evitar que un escenario semejante al del Medio Oriente y el norte de África se instale en América del Sur, lo que como resulta obvio beneficiaría a intereses ajenos a la región, cualesquiera ellos sean.

Pero no nos ocuparemos aquí de la “anécdota”, sino de asuntos extremadamente complejos que aunque muy sucintamente es necesario enunciar para buscar soluciones político – jurídicas que contribuyan a derrotar todo tipo de prácticas imperialistas, neoimperialistas o injerencistas de potencias extranjeras y al mismo tiempo a detener el proceso de degradación de la calidad de la democracia en casi todos los países de América del Sur.

Antes conviene indicar que el debilitamiento del acumulado civilizatorio obtenido mediante la figura del “derecho a la autodeterminación” de los pueblos presupondría la aceleración de la militarización de los conflictos internacionales. Luego, el incremento de la cantidad de Estados fallidos que una degradación de las lógicas del Derecho internacional inexorablemente trae aparejado.

En este escrito hemos formulado consideraciones sobre lo que denominamos “militarización de la política”.

El fenómeno refiere al uso deliberado del rasgo animal por excelencia de la condición humana, la necesidad de satisfacer los individuos sus condiciones básicas de existencia, por agentes que estimulan las lógicas amigo – enemigo para alinear detrás de sus intereses a mayorías sociales no lo suficientemente preparadas para comprender la complejidad del proceso de la civilización.

En este texto hemos procurado describir las causas por las cuales ese fenómeno puede desenvolverse aun cuando afecta a la abrumadora mayoría de la población mundial, del género humano.

Ahora, aunque muy pero muy simplificadamente, resulta importante exponer por qué en general la militarización de la política conduce o puede conducir a fenómenos como el nazismo y el fascismo, es decir, no a la militarización de la política, sino a la militarización de la sociedad.

El proceso de la civilización contiene, tanto cuando se desenvuelve en condiciones de escasez como cuando tienen lugar fenómenos de apropiación abusiva de la riqueza por parte de minorías privilegiadas, un carácter competitivo a veces muy radical. Entre clases sociales al interior de la comunidad de identidad o política, entre Estados nacionales o bloques de Estados a nivel geopolítico.

Toda vez que un grupo de poder procura imponer sus intereses en lugar de mediante una competencia político – jurídica y productiva, mediante el uso de la fuerza en cualquiera de sus formas, los conglomerados humanos afectados terminan recurriendo a las mismas lógicas.

La dialéctica perversa fascismo / estalinismo tuvo en este fenómeno social histórico, resultado de la imposibilidad estructural (la sociedad dividida en clases) de producir abundancia de recursos al mismo tiempo en todo el mundo, su génesis.

Una revolución orientada por contenidos universalistas, la democratización de las relaciones sociales a nivel global y la experimentación de las formas políticas para abrir el cauce, acorralada por la reacción desesperada de los grupos de privilegio menos competitivos desde el punto de vista de la producción de riqueza en el mercado mundial, terminó respondiendo a la militarización de la sociedad (tal cosa entrañaban el nazismo y el fascismo, los camisas negras, los SS, el imperialismo guerrerista) con la militarización burocrática de la experiencia revolucionaria: el estalinismo.

En el transcurso de ese período histórico todos los actores y grupos de poder que recurrieron a esas prácticas escolásticas y autoritarias formularon diversos tipos de críticas a la democracia.

Esto es, al acumulado cultural que sobre todo en occidente había buscado crear ingenierías jurídico políticas para administrar al conjunto de conflictos que caracterizan al proceso de la civilización.

A principios del siglo XX quedó en evidencia que la militarización de la política conduce a la militarización de la sociedad.

Ciertamente, en diferentes grados de descomposición cultural según la capacidad de producción y distribución de la riqueza de que dispongan aquí o allá los conglomerados humanos enfrentados en el proceso de producción y perfeccionamiento de sus condiciones temporales de existencia.

La crítica de la democracia se desenvolvió mediante una crítica del parlamentarismo aquí, mediante la contraposición “poder burgués” / “poder popular” allí, mediante la crítica de la democracia representativa más acá, de la democracia directa más allá.

La lucha de los trabajadores en el mundo entero mientras tanto, con avances y retrocesos según la inteligencia, calidad organizativa y densidad conceptual de sus prácticas, fue “pariendo” una ingeniería jurídico – política, el constitucionalismo garantista, que en las naciones donde más sofisticadamente se implementó produjo sólidos procesos de democratización de las relaciones sociales.

Como cualquier persona sensata comprende, estas experimentaciones civilizatorias no pueden realizarse en donde tal o cual de los grupos en pugna incorpora formas de militarización de la política.

Y por eso mismo, para detener a cualquier costo todo avance en la democratización de las relaciones sociales alientan o alentaron la militarización de la política (el neofascismo) organizaciones como Vox en España, los productores de materias primas en condición monopólica tutores de Bolsonaro en Brasil, Guaidó y López en Venezuela, Uribe en Colombia…y tantos y tantos partidos de ultraderecha en Europa.

Una vez que las lógicas propias de la militarización de la política se instalan en el cuerpo social únicamente un sofisticado acuerdo político sobre las formas de implementar procesos de democratización de las relaciones sociales en cada época histórica según como ello sea posible sin poner en riesgo a la propia comunidad viabiliza la posibilidad de salir de la militarización y consolidar formas democrático – garantistas.

A ese proceso se encuentra abocada científicamente desde hace décadas la República Popular China. Las consecuencias globales de esa experimentación son las que explican la reemergencia del neofranquismo, el neofascismo y otras expresiones radicalizadas de la ultraderecha global.

Es esencialmente como respuesta a esa experiencia democratizadora que desde la Guerra del Golfo, en occidente tiene lugar una reacción al mismo tiempo militarista y contracultural: la ultraderecha reformula el discurso de las ancianas elites supremacistas y ultranacionalistas para encubrir y evitar el análisis crítico de la impotencia productiva competitiva que comienza a caracterizar a las naciones que no implementan proceso de democratización de las relaciones sociales.

La formas políticas (dialéctica democracia representativa, democracia directa, instrumentos de control del poder, administración del conflicto de clases y de los conflictos de intereses, separación de poderes, sistema electoral, etc.) tanto en China como en occidente estarán determinadas, en las próximas décadas, por un conjunto de fenómenos objetivos respecto de los cuales no es posible profundizar, pero que pueden enunciarse a grandes rasgos.

A grandes rasgos esas experimentaciones evolutivas, culturales, estarán determinadas por los contenidos socio económicos que emanen de la revolución productiva en curso, por las formas de gobernanza mundial que negocien (o no) las naciones más desarrolladas, por la contención o el agravamiento de los fenómenos de concentración de la riqueza, por la forma negociada o por el contrario por la pretensión impositiva (imperialismo, neoimperialismo) en que se desenvuelva el proceso de transición civilizatoria que en capítulos precedentes hemos descripto.

En Venezuela, en Brasil, en Argentina y en muchas otras naciones ante la incapacidad productivo -competitiva y técnico política para administrar este proceso, para insertarse con base en la satisfacción de necesidades comunitarias en él, se produjo una alarmante degradación de la calidad de la democracia.

Una especie de sálvese quien pueda como pueda, propio, justamente, de escenarios no caracterizados por afanes evolutivos sino por las lógicas de la guerra.

Cuba por su parte, (nación a la que resultaba necesario considerar para analizar en todos sus componentes a la crisis venezolana posterior a la muerte de Chávez) no parece encontrar el modo de salir de su etapa “estalinista”, asumida como natural durante un largo período histórico y que fue esencialmente el resultado de necesidades en la organización de la defensa de su autonomía según las lógicas de la guerra fría y de la influencia conceptual en sus prácticas tanto del caudillismo centralista de matriz hispánica como del nacionalismo burocrático (centralización autoritaria del poder) llegado a sus costas desde una tradición muy influyente durante décadas en la URSS y China a la que Marx caracterizó como “modo de producción asiático”, causa estructural del “despotismo oriental”.

Durante siglos buena parte de Asia (y de Rusia) produjo sus condiciones de existencia mediante formas políticas y de propiedad hipercentralistas que impregnaron y todavía resultan influyentes en los procesos socio culturales de esa región del mundo.

Es una de las razones por las cuales China no “interiorizará” el modelo occidental de democracia aunque no dejará, y cada vez de modo más acelerado, de experimentar formas políticas que faciliten el desenvolvimiento del pluralismo que materialmente emanará de las “asociaciones de productores libres” que allí están emergiendo todos los días y que forzará el progresivo debilitamiento del aparato estatal burocrático.
Esto último, lógicamente, dependerá del contenido de las formas de gobernanza mundial que emanen del nuevo equilibrio de poder productivo / competitivo ya consolidado.

En el contexto de una militarización de la política mundial China manejará prudentemente los tiempos de la dialéctica poder centralizado / democratización de las relaciones sociales.

¿Qué hace América del Sur entre tanto?

Incorporemos, antes de arriesgar algunas hipótesis de trabajo, una interrogación sobre España. ¿En qué condiciones generales pudo España instituir una no democrático republicana ideal pero consistente experiencia democrático institucional luego de la muerte de Franco?

A tal punto consistente que pese a los múltiples problemas derivados de su atraso científico técnico y de la significación de la herencia monárquico feudal en su cultura, puede afirmarse, es hoy una de las democracias más consolidadas de Europa.

¿Fue objeto España de acciones imperialistas, neo imperialistas abusivas, desestabilizadoras o por el contrario, recibió el apoyo económico y político de la Unión Europea?

Es de todos conocido: España fue “apadrinada” por algunas naciones europeas que al mismo tiempo realizaban un enorme esfuerzo político cultural por consolidar la calidad garantista de la democracia continental, muy en particular por los partidos socialdemócratas de Alemania y Suecia y comunistas de Italia y Francia.

La Europa de postguerra, cuyas economías, estructuralmente, se habían beneficiado durante décadas del proceso de acumulación de capital obtenido mediante prácticas imperialistas, recibió, además, el apoyo financiero de Estados Unidos, junto al que, posteriormente, logró imponer hasta fines del siglo XX las reglas de juego del comercio mundial.

El autor de este escrito no pretende indicar que en ese contexto es “sencillo” crear la ingeniería político jurídico de una democracia garantista, pero si se aspira seriamente a estudiar las formas en que América del Sur puede reproducir, como durante la primera década del siglo XX parecía encaminada a lograrlo, esa experiencia democratizadora de las instituciones políticas, no puede omitirse el análisis del problema de la capacidad de autonomía económico – política como sustento de toda evolución cultural.

Y cada vez que América del Sur se encamina a generar las condiciones de esa autonomía, Estados Unidos y algunos países europeos intervienen en la dirección de proteger a los grupos de privilegio que se oponen a veces políticamente, a veces militarmente, a toda experimentación democratizadora de las relaciones sociales en general y a la consolidación de las instituciones democráticas en particular.

No obstante ello, para evitar jugar el juego de “culpar” a otros por las propias incapacidades, es necesario subrayar que los fracasos en la consolidación de la calidad de la democracia garantista en América del Sur también obedecen a la ausencia consensuada (policlasista) de una orientación general sobre cómo hacerlo.

Lo que es seguro, por lo pronto, es que no encontrarán las sociedades latinoamericanas “fórmulas” para avanzar en la democratización al mismo tiempo de las instituciones políticas y de las relaciones sociales ni recurriendo al salvaje empuje concentrador de poder como el que caracterizó al Brasil de Bolsonaro ni reproduciendo estructuras burocrático – militarizadas según el modelo estalinista.

Ni aliándose unas naciones ACRÍTICAMENTE con Estados Unidos ni aliándose con igual carencia de sentido estratégico otras con China – Rusia.
Aunque esto va a ocurrir si continúan las presiones intervencionistas o si se hiperideologizan las prácticas político – estatales.

Eso ha ocurrido en el pasado y pueden observarse sus consecuencias en el desmoronamiento de instituciones como la UNASUR, o en la emergencia de proyectos de marketing impulsados por Estados Unidos, como esa cáscara vacía denominada PROSUR que promovieron en 2019 el Departamento de Estado, Bolsonaro y Piñera.

América del Sur, plausiblemente, para acometer la implementación seria de procesos de integración sobre la base de una voluntad política policlasista tendrá que refundar, política y comunicacionalmente, a la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), organización que ha acumulado un enorme saber técnico.

Ningún proyecto científico culturalmente gestionado para darle un nuevo impulso a la integración latinoamericana podrá desenvolverse no obstante, si no se detienen los procesos de militarización de la política.

De modo que analicemos algunos rasgos del “caso Venezuela”.

Las acciones intervencionistas contra Venezuela (por el control de las riquezas de Venezuela) provocaron que los gobernantes de esa nación decidieran un modelo de defensa de su autonomía al que denominaron como una “alianza cívico” militar sustentado en un “poder popular”.

Ninguna alianza “cívico militar” puede producir “poder popular” alguno pero aquí no nos enfocaremos en los “eslóganes” que se utilizaron entonces, sino en los contenidos que caracterizaron a ese proceso político.

(El poder democrático se consolida, cualesquiera sea su forma político – jurídica, cuando todos los ciudadanos tienen las mismas posibilidades de influir en igualdad de condiciones en la toma de decisiones estatal – nacionales o estatal regionales y únicamente en tales circunstancias).

Lo que ocurrió en Venezuela ante la sucesión de acciones desestabilizadoras militaristas por grupos ultraconservadores de la región fue la creación imitativa de un modelo de defensa nacional basado en las lógicas de la democracia directa pero que paralelamente decidió preservar formas representativas parlamentaristas.

En el período revolucionario que comenzó en la Comuna de París y terminó con la revolución china, (y que en América del Sur “rebotó” tarde con la revolución cubana), los partidos políticos que propiciaban la democratización de las relaciones sociales optaron casi todos por experimentar formas de democracia directa en sustitución de las formas parlamentarias clásicas.

Como describió el revolucionario bolchevique Vladimir Ilich Lenin y advirtió Rosa Luxemburgo sin embargo, tal experimentación, si no tenía lugar en muchas naciones desarrolladas al mismo tiempo o no se desenvolvía mediante procedimientos radicalmente democráticos, concluiría en la burocratización autoritaria de la sociedad, en la ausencia de libertades políticas y productivas, en la emergencia de castas nacionalistas o burocráticas que degradarían hasta la caricatura a la democracia directa.

No es necesario indicar que eso fue lo que ocurrió y que China inició con Deng Xiaoping un proceso político jurídico y económico reformista tendiente a superar esa experimentación frustrada y frustrante desde el punto de vista de la aspiración democratizadora de las relaciones sociales.

Para hacerlo, digamos un poco en broma pues no disponemos de espacio aquí a efectos de profundizar en el tema, China decidió convertirse gradualmente en “muchas naciones desarrolladas” de varios cientos de millones de habitantes cada una y ubicadas todas dentro de su espacio territorial soberano.

La crisis venezolana tras la muerte de Hugo Chávez obedeció a que procuró implementar una experimentación revolucionaria en un contexto no revolucionario y todavía en medio de una crisis de la democracia en occidente con lo cual su modelo institucional no respondía a la situación objetiva, orgánica, del estado de situación del proceso de la civilización, sino a esquemas escolásticos.

La superación de su crisis por lo tanto, sólo podía buscarse mediante la implementación de procesos consensuados para regenerar la calidad de la democracia.

Para implementar la búsqueda de soluciones (policlasistas) en medio de una grosera acción intervencionista norteamericana, colombiana y brasileña, ninguna propuesta conducente a ese objetivo podía dejar de tomar en consideración que existían en Venezuela casi tres millones de ciudadanos armados organizados en formas comunales.

Tal cosa, como es evidente, no representaba ninguna alianza cívico militar, sino la organización de un porcentaje muy elevado del pueblo armado para la defensa de su autonomía, de sus recursos naturales y de su autodeterminación.

Esa fórmula no sólo no constituía una alianza cívico militar, sino que por el contrario, constituía, (porque retomaba aunque como un borroso eco algunas experimentaciones revolucionarias del “octubre rojo”), una contraposición entre la burocracia militar y el pueblo armado. Pueblo armado precisamente para controlar las muy frecuentes prácticas orientadas a la satisfacción de sus propios intereses de casta que suelen caracterizar a las fuerzas armadas profesionales.

Tal la razón por la cual ni el gobierno venezolano del PSUV ni ningún gobierno no alineado a intereses extranjeros desmantelaría esa estructura hasta no tener garantías en cuanto a que no se producirían más acciones desestabilizadoras militarizadas para tomar por asalto a las riquezas de Venezuela.

Una nación agredida mediante prácticas militaristas, (y lo eran tanto los atentados, la financiación de paramilitares, las campañas mediáticas, como la apropiación de sus recursos genuinos por el bloqueo) no tiene otra alternativa que instrumentar formas de concentración del poder.

Sin embargo, existían vías de salida progresiva posibles. El establecimiento de una praxis orientada a la superación de ese estado de cosas.
Las autoridades del PSUV y los líderes democráticos de la oposición podían y eso comenzaron a hacer a mediados de 2019, disolver al mismo tiempo la Asamblea Legislativa y la Asamblea Constituyente, que operaron como expresión de una fragmentación del poder legislativo, y fijar un cronograma electoral consensuado con los países que más seriamente apoyaron la búsqueda de soluciones político – jurídicas a la crisis, que no era tanto de poder, como de modelo político cultural e institucional.

En cualquier caso, ninguna solución podía hallarse en beneficio de los intereses de América del Sur si al mismo tiempo en la orientación filosófico – política de la búsqueda de salidas no se aseguraba un proceso que garantizase los mecanismos más eficientes de control del poder: poder legislativo, poder judicial autónomo, poder electoral integrado según el porcentaje de apoyo ciudadano obtenido por los partidos políticos que participan en los comicios, preservación desideologizada de las experiencias comunales orientadas a resolver problemas locales de desarrollo, desmilitarización progresiva de la praxis política, dinamización policlasista de la sociedad civil, etc.

Las formas políticas democrático institucionales están y estarán en debate en cuanto su instrumentación político jurídica en los próximos años en occidente, están sometidas a la presión de muy diversos grupos de interés y grupos de privilegio tensionadas por su pérdida de competitividad, pero constituyen, por razones orgánicas al estado de situación científico técnico y al acumulado cultural ya experimentado (constitucionalismo garantista) la base mínima necesaria desde la cual podrán experimentarse nuevas articulaciones democratizadoras orientadas a la producción de estabilidad: dinamización de la sociedad civil, administración política de los conflictos sociales.

En el sistema capitalista de producción, algunos de cuyos contenidos ya están comenzando a ser superados universalmente, (la sustitución de corporaciones monopolistas por asociaciones de productores libres) la dinamización pluralista de la sociedad civil constituye el fundamento material de cualquier desarrollo civilizatorio.

Ninguna lógica estamental (capitalismo monopolista de Estado o burocratización militarista) modifica el contenido orgánicamente competitivo del sistema capitalista. Tanto el capitalismo monopolista como la burocratización producen estructuras estamentales que para preservar sus privilegios promueven discursos ideológicos supremacistas (de diferente contenido) pero igualmente inoperantes en la pretensión de detener el proceso de democratización horizontal de las relaciones sociales a escala universal.

Ya lo enunció magistralmente Marx, aunque con otra terminología, el supremacismo ultraconservador produce sus instrumentos de poder según las formas de producción hegemónicas en un determinado momento del proceso histórico, las formas orgánicas que propician el acrecentamiento y concentración utilitaria del capital, pero al recurrir a las lógicas orgánicas del capitalismo, en el mismo acto, acelera la competencia por organizar más productivamente al trabajo humano y por ello crea las condiciones para la emergencia de una nueva forma de producción.

Todas las prácticas que aspiren a contener mediante la mera voluntad clasista (control monopólico de las estructuras estatales), ese proceso, terminan burocratizando o militarizando a la sociedad, anulando el dinamismo productivo, plural, de la especie humana. Luego, autodestruyéndose.

 

El valor de la verdad

Capítulo 1
En el transcurso de cuatro o cinco días de mediados de 2019 emergieron en mi pantalla, tal cosa ocurre como por “azar” cada vez que se ingresa a las redes sociales, noticias en las que la República Popular China era objeto de atención desde diferentes ángulos.

Un informe de la BBC de Londres sobre la explotación de emigrantes trabajadores chinos por la industria textil japonesa…, una reseña cinematográfica sobre la producción de dos “obras maestras” producidas por jóvenes de aquella “autoritaria” nación… y una tercera en la que un joven filósofo alemán criticaba al mismo tiempo a Estados Unidos y a China por el uso de las redes sociales que implementan empresas diseñadas en esas naciones y que ocupan espacios monopólicos. El conglomerado FB, Instagram, WhatsApp y Google y sus similares chinas.

Unas horas después de haber leído esos textos, buscando información sobre el incremento de la concentración monopólica de los medios de comunicación de masas en Estados Unidos, aún otro relato sobre China “apareció” en la pantalla.

Se trataba de un informe tremendista realizado por un periodista de la CNN que se desenvolvía con la prestancia de un agente de la CIA y en el que procuraba demostrar cómo los servicios de seguridad chinos hacen, vayan a dónde vayan, un riguroso seguimiento de algunos medios extranjeros.
La cámara mostraba a ciudadanos chinos de civil y un cartelito sobreimpreso indicaba: “oficial de seguridad”. Hollywood clase C.

Mientras tanto algunos medios occidentales, como la CNN en español, participaban profesionalmente de la generación de condiciones para propiciar una guerra civil en Venezuela.

Los medios corporativos occidentales, cada vez más cerca de reproducir las lógicas de la guerra fría, caricaturizan por un lado a los fenómenos complejos, demonizan a actores molestos a los intereses norteamericanos y europeos y vuelven la mirada crítica hacia cualquier otro lado para evitar el análisis serio de las problemáticas propias.

El informe más bien extenso de la BBC que antes mencionamos puede explicarse, quizá, del siguiente modo. Un editor recibió la orden política de emitir contenidos comunicacionales que contribuyan a mejorar la relación GB / China.

Como Japón compite en toda la línea a todos los niveles con Gran Bretaña, la relación con esa nación no representa la misma significación que la relación con China. Resulta absolutamente relevante para los intereses ingleses desde su salida de la Unión Europea la relación con China, donde todavía existen importantes áreas en las que ambos países pueden complementarse colaborativamente.

Los editores de la BBC elaboraron un informe en el cual sensibilizaban, poniéndose de su lado, a la población china que al ver las imágenes no podía dejar de reaccionar indignada ante el abuso de los empresarios japoneses. El informe mostraba testimonios que ponían en evidencia agudas situaciones de sobreexplotación.

Si Gran Bretaña no logra establecer muy buenas relaciones con China quedará demasiado “atado” su futuro al humor de las elites políticas de su ex – colonia: los Estados Unidos de Norteamérica.

El origen del BREXIT es una especulación sobre el rol articulador que algunas elites inglesas consideran puede Gran Bretaña desempeñar entre China y Estados Unidos.

Como el autor de este escrito siente un profundo respeto por el aporte civilizatorio que durante más de dos siglos realizó Inglaterra evitará aquí ironizar sobre esa apuesta.

Veamos ahora brevemente el contenido de la reflexión del filósofo alemán, Markus Gabriel, quien según anunció en una entrevista con El País de Madrid presentará un libro en el que fundamentará una teoría del democratismo radical, a la que convoca a plegarse, con interesantes argumentos, a todos los intelectuales. Como esa es precisamente la orientación filosófico – política de mi trabajo leeré con entusiasmo su obra cuando se publique.

Pero aquí, a la espera de ese libro, no comentaré su filosofía, apenas esbozada en la entrevista, sino el siguiente párrafo:

“Hace falta una revolución digital como fue la Revolución Francesa. Hay que destronarles por la vía democrática. Necesitan sanciones reales, probablemente incluso deberían acabar en la cárcel. Silicon Valley y las redes sociales son grandes criminales. Están ahí para explotarte, para hacerte adicto, como ya han estudiado los neurocientíficos. Saben que te vas a hacer adicto a tu teléfono. Son como Philip Morris, como la heroína. No hay investigaciones serias sobre la actividad criminal de Silicon Valley. Es un ataque de EE UU y de China y no estamos respondiendo. La UE trata de combatirlo, pero no lo suficiente”.

 

En el contenido transcrito de la entrevista no se explica la acusación contra China ni se fundamenta suficientemente la aspiración judicial contra las redes sociales creadas en Estados Unidos y replicadas a su modo por el “dragón rojo”.

Puede comprenderse que se trata de una provocación intelectual para estimular un debate sobre la monopolización del “control” de los contenidos y las formas en que operan las redes sociales, tanto de las creadas en Estados Unidos, como en China, aunque estas últimas únicamente operan en la propia China.

Quizá refiera a “Cambridge Analytica”, la manipulación psicológica de las personas, o a la utilización para crear audiencias cautivas de los contenidos intelectuales producidos por millones de “proletarios digitales”, como él los denomina, o quizá haga referencia a los alienados productores de aplicaciones y software que trabajan por lo menos mentalmente todo el santo día, aunque eso sí, en “coworking” y jugando de rato en rato al ping – pong, etcétera.

Ya lo sabremos cuando publique su libro o cuando conceda una entrevista de mejor calidad que la publicada por El País de Madrid. Aquí nos limitamos por ello a constatar la igualación de Estados Unidos y China como responsables de la perversa concentración de poder que asigna a unas pocas compañías muy orgánicamente relacionadas con los gobiernos de esas naciones.

La crónica cinematográfica publicada por una revista montevideana dedicaba un buen número de párrafos a expresar la para el autor curiosidad de que dos realizadores – Hu Bo y Gan Bi -, pudiesen filmar “obras maestras” en un entorno “autoritario” y enfatizaba, para reafirmar esa lógica, que uno de los creadores se suicidó tras haber concluido la película.

En Uruguay también se suicidó un realizador cinematográfico poco después de filmar una estupenda película y habitaba en una nación, en una de las pocas naciones, con democracia plena del mundo y durante la implementación del proceso de modernización capitalista en Japón y más tarde en Corea del Sur se suicidaron y se suicidan por año multitudes de individuos que antes de ello disfrutaban de una apacible relación con el tiempo y la naturaleza.

Pero el periodista se muestra tan preocupado por enfatizar lo que con su mirada occidental valora como ausencia de libertades en China que no puede escapar a una lectura superficial del fenómeno chino. Luego, el esfuerzo por ser políticamente correcto le conduce a decir más bien poco sobre las películas: cosas de una época de transición en la que las elites occidentales andan por el mundo como asustadas fieras desdentadas y por ello pierden mucho tiempo observando las debilidades de “los demás”, sin percibir las suyas propias ni comprender en absoluto los contenidos sustanciales que caracterizan al proceso de la civilización en el Siglo XXI.

En el ensayito “La humanidad ante un cruce de caminos” se afirma, al concluir un capítulo, lo siguiente:

“La dialéctica de equilibrio entre modernización capitalista de la economía, (imprescindible históricamente), desenvolvimiento de una praxis crítica respecto de ese mismo proceso, (imprescindible culturalmente) es de las operaciones intelectuales más complejas de implementar en el mundo contemporáneo” ….

La entera complejidad de esta dialéctica es la que explica el pavor que en occidente provoca a las elites ineficientes -en todas las dimensiones ineficientes- el proceso de democratización de las relaciones sociales en China.

¿Cómo puede hablarse de democratización en un sistema políticamente cerrado?, se preguntan los liberales menos inteligentes; ¿Cómo puede hablarse de democratización en medio de un proceso de modernización capitalista radical?, se pregunta el infantilismo de izquierda.

En tanto el asunto refiere a uno de los conflictos más severos por los que atraviesa la civilización procuraremos exponer lo esencial de sus contenidos en los próximos capítulos.

El valor de la verdad

Capítulo 2

¿Qué le está pasando al capitalismo occidental?

Desafiado por competidores tan eficientes como él ha sido, (perdiendo un importante porcentaje de las utilidades que antes obtenía monopólicamente) y siguiendo lógicas inoperantes, (estatal nacionales monopolistas) no encuentra el modo de reformular soluciones (como lo hizo el “Estado social” durante algunas excepcionales décadas) a la tensión, cada vez más aguda, entre concentración de capital y democratización de las relaciones sociales.

Democratización que es demandada por poblaciones en términos generales cada vez más instruidas y preparadas (cultural y tecnológicamente) para competir por la riqueza socialmente generada.

Para decirlo muy ramplonamente, en el sistema capitalista de producción librado sin contrapesos político – jurídicos, regulatorios, (estatal nacionales, regionales y globales) a sus lógicas orgánicas, “el pez grande se come al chico”.

De suerte que la concentración de la riqueza tiende históricamente a agravarse si la política no gobierna al proceso de la civilización.

Durante décadas el capitalismo occidental tuvo un contrapeso militar, cuando implosionó, los en ese momento más fuertes conglomerados de capitalistas volvieron a salir de modo avasallante a la conquista del mundo, en algunos momentos parecía que procurarían “repartírselo” más o menos civilizadamente, en otros que lo harían mediante la militarización de las relaciones internacionales, a “misilazo” limpio.

Hasta que emergió como de la nada un nuevo contrapeso, ya no sólo militar, sino productivo.

Lo que ocurría antes de la emergencia de China como potencia mundial era más o menos así.

Aquellos conglomerados de capitalistas que más capital habían acumulado utilizando lógicas monopolistas, “protegidos” por sus Estados primero en el mercado local y luego mediante practicas imperialistas o neoimperialistas en el mundial, disponían de instrumentos para adquirir a un competidor si a su vez éste no era “protegido”, “apalancado”, por su propio Estado nacional.

De modo que por un lado el capitalismo monopolista de Estado creaba en los países con capacidades de imposición de las reglas de juego del comercio mundial “poliarquías imperialistas”, mientras las naciones que no disponían de esas capacidades creaban “poliarquías nacionalistas” y como las sociedades en las que operaban no podían prescindir de sus capacidades productoras de riqueza, el proceso concluyó esencialmente en la emergencia de nuevas castas.

La obtención del porcentaje mayor de las utilidades generadas según la lógica de producción de valores de cambio que caracteriza a un sistema meramente orientado a la producción de mercaderías en la forma de bienes y servicios, (no de objetos útiles para satisfacer necesidades biológicas, tecnológicas y culturales), termina reforzando la capacidad competitiva de las naciones que en el mercado global logran imponer las reglas de juego del comercio mundial.

Como el proceso de concentración de capital en un único conglomerado de empresas y en un mismo espacio geopolítico anula las posibilidades de desarrollo de todos los demás, las lógicas competitivas orgánicas también consustanciales al capitalismo no dejan nunca de estar presentes.

Si así no fuera, emergería en el proceso de la civilización una superpotencia totalitaria que literalmente, esclavizaría a todas las demás naciones.

La disponibilidad de recursos del espacio geopolítico que concentrara mayor cantidad de empresas monopolistas le permitiría tomar una distancia tecnológica y técnico cultural inalcanzable para todas las demás.

Y eso es lo que pareció que ocurriría y muchos creyeron que ocurriría tras las caída del Muro de Berlín.

La lucha de clases y de intereses al interior de las sociedades y de intereses entre diferentes conglomerados de capitalistas y Estados nación sin embargo, evita por razones naturales, de supervivencia, que ese proceso de concentración tome cuerpo en una potencia totalitaria. Pero no evita que coyunturalmente emerjan POLIARQUÍAS extremadamente influyentes en tal o cual Estado nación o bloques de Estados aliados.

En los que tienen capacidad de imposición de las reglas de juego del comercio mundial y en los que articulan estructuras estatal burocráticas y empresas nacionales para preservar espacios de mercado como respuesta a esa capacidad de imposición.

Esta perversa dialéctica generadora de poliarquías tanto en los países desarrollados como en los en vías de desarrollo es una de las principales causas de la crisis de la democracia en occidente.

El capitalismo aniquiló las estructuras estamentales de los sistemas de producción social previos a él, (donde la posesión de riqueza era digitada por una autoridad absoluta) hasta que la competencia entre potencias industriales, el imperialismo, el neo imperialismo, obligó a todas las demás naciones a proteger a sus propios conglomerados de capitalistas, facilitando la emergencia, en naciones cuyas ingenierías político jurídicas no eran suficientemente garantistas, capaces de controlar al poder político y económico, de nuevas castas con disponibilidad de imponerse a los desafiantes (democratización de las relaciones sociales) al interior del Estado nación y militarmente en el mercado mundial.

El sistema capitalista de producción sustituyó al feudalismo porque era capaz de organizar más eficientemente la producción de riqueza, abrió el juego a la competencia empujando la iniciativa individual, la innovación productiva, pero al mismo tiempo agudizaba el conflicto entre la prevalencia del interés personal o corporativo y las necesidades comunitarias propias del ser social de la especie humana.

Y esa es la razón de la crisis cultural de occidente.

Cientos (CIENTOS) de millones de muertos ha provocado ese conflicto entre los siglos XVIII y XXI: en la forma de guerras entre potencias, en la forma de luchas antiimperialistas, en la forma de superexplotación de las masas de trabajadores (mujeres y niños incluidos durante largos períodos en occidente y hoy en los países más pobres de Asia), en la forma de miles de migrantes en la actualidad ahogados en el Mediterráneo cuando intentan desplazarse a las potencias que mientras fueron salvajemente imperialistas (porque no existía un contrapoder que les pusiera límites) lograron consolidar economías industrializadas y tecnológicamente avanzadas, en la forma de exclusión social (ejércitos de reserva del trabajo social que permitía reducir los costos de producción a las empresas capitalistas), en la forma de diversos autoritarismos de castas burocráticas, en la forma de epidemias por falta de agua potable y sanidad pública aceptable que afectaron a las poblaciones más vulnerables del planeta, pues la competencia militar entre potencias insume recursos que de otra manera podrían ser destinados a evitar esas catástrofes.
(¡Y los medios corporativos privados y públicos de occidente enfatizan que la violación de los derechos humanos tiene lugar en episodios como Tiananmén o en conflictos críticos de disputa por la riqueza en naciones cuyos recursos naturales han sido usurpados mediante acciones militaristas o privatizaciones forzadas a cambio de la apertura de mercados, y otras sutilezas así!)

El sistema capitalista de producción es desde hace ya varios siglos el más eficiente en cuanto la organización del trabajo humano para producir riqueza según las lógicas competitivas y aunque le sigue caracterizando todavía hoy el conflicto entre espacios geopolíticos y clases sociales, no podrá ser sustituido hasta que se genera una muy honda elevación cultural de la población mundial.

La razón por la cual se ha expandido al mundo entero es sencilla: aquellas naciones que no adoptan sus lógicas orgánicas dejan de producir la riqueza suficiente para perfeccionar la calidad de vida de sus poblaciones, la estabilidad política de sus estructuras institucionales y la capacidad de desarrollo tecnológico (también militar) mediante la cual, luego, atrincheradas, logran participar en condiciones más competitivas en la disputa por la fijación de las reglas de juego del comercio mundial.

Estas lógicas podían operar más o menos eficientemente en la defensa de intereses singulares, (de tal o cual nación, de tal o cual clase y subclase social) porque la forma orgánica de producción capitalista todavía no se había expandido al mundo entero. Porque había sociedades en las cuales el capitalismo funcionaba más o menos bien en la organización competitiva de la producción de riqueza (y de poder) y otras en que eso no ocurría. Ya no.

Como al mismo tiempo, el sistema capitalista de producción reproduce sistémicamente las desigualdades, pues su constitución orgánica está basada en la forma de apropiación del trabajo asalariado global por parte de los conglomerados de capital más eficientes en la organización productiva del trabajo humano general, las tensiones provocadas por la imposibilidad de resolver problemas mediante la imposición de unos sobre otros a escala global, también se agudizan en el plano doméstico.

Y como si esto fuera poco, todas las sociedades divididas en clases, también el capitalismo, producen estructuras parasitarias, no productoras de riqueza social, sino consumidoras de recursos, como las tecno burocracias estatal nacionales, entre las cuales, cómo no, las militares y las religiosas en regímenes teocráticos.

(Evitaremos aquí hacer mención al capital especulativo, que no podría existir sin el capital productivo o de servicios, pues con la proyección de sus utilidades en principio opera, y que también consume recursos producidos socialmente aprovechando las necesidades de capital de los Estados nación menos competitivos y de los conglomerados de empresas expansivas, pues la incorporación a este enunciado sobre el modo de ser orgánico del capitalismo de todas sus dimensiones nos alejaría del esfuerzo conceptual que procuramos hacer aquí para exponer la gravedad del conflicto por la democratización o no de las relaciones sociales en el mundo actual).

Demos ahora por suficientemente presentados los argumentos por los cuales se ha sostenido antes aquí que “la dialéctica de equilibrio entre modernización capitalista de la economía, (imprescindible históricamente), desenvolvimiento de una praxis crítica respecto de ese mismo proceso, (imprescindible culturalmente) es de las operaciones intelectuales (y político jurídicas) más complejas de implementar en el mundo contemporáneo” ….

El proceso de modernización capitalista se puede realizar acríticamente, mediante la apología del sistema, (que encubre intereses egoístas, estatal nacionales, regionales o de clase, esto es, de los sectores sociales que se benefician de la acumulación de riqueza) o puede realizarse como un procedimiento de creación de riqueza históricamente necesario pero aplicando políticas orientadas a su superación, es decir, destinando recursos y creando ingenierías político jurídicas para implementar una praxis democratizadora de las relaciones sociales.

Y esto último es lo que comenzó a hacer China bajo el liderazgo de Deng Xiaoping.

Más adelante expondremos un ejemplo sencillo para dimensionar la significación revolucionaria histórico universal de ese proceso reformista, luego haremos una valoración crítica, pero no ideológica, sino dialéctica, de la deriva autoritaria que caracterizó a la experimentación democratizadora de las relaciones sociales durante el estalinismo, causa de su implosión y como su último eco en cuanto a los contenidos conflictivos de ese período histórico, de las dificultades de China para adaptar su cultura política al proceso de democratización de las relaciones sociales.

Se enfatiza la caracterización “de ese período histórico” porque así como el autor de este escrito no se atreve a formular un análisis prospectivo generalista, (necesariamente especulativo) sobre las consecuencias de la crisis de la democracia en occidente, tampoco se atreve a pronosticar que el proceso de democratización de las relaciones sociales en China no producirá en algún momento conflictos sociales graves cuando esa nación afronte la complejísima implementación de prácticas orientadas a la superación dialéctica, político cultural, de su milenaria tradición centralista, para iniciar la democratización horizontal de sus estructuras políticas en beneficio de la sociedad civil. En progresiva sustitución de las burocracias estatales y de los conglomerados de las empresas capitalistas nacionales más influyentes.

Unos de los nudos conflictivos más complejos de las próximas décadas, (para llegar hasta aquí presentamos la estructura argumental anterior), lo constituye la disputa entre la concentración monopólica de la producción de riqueza, y la democratización en las formas de producción de riqueza, el proceso que conduce de las compañías monopolistas (y las burocracias estatales que las apalancan) a la asociación de productores libres. Proceso que no termina de consolidarse porque cada vez que parece que la transición se inicia “el pez grande adquiere al chico” apenas este comienza a desafiarle ocupando espacios importantes del mercado.

¿Puede eso seguir ocurriendo sin afectar gravemente la estabilidad mundial?

El valor de la verdad

Capítulo 3

Ningún agente social, en ningún ámbito y en ninguna circunstancia, puede tomar decisiones acertadas si no dispone de información de calidad, de información que contemple la entera complejidad de los fenómenos en medio de los cuales se desenvuelve y sobre cuya evolución necesita o procura intervenir.

En muchas esferas, en la empresarial entre ellas, es factible que alguien realice una cuenta de almacenero, se adapte mediante ese “sofisticado” procedimiento a las lógicas orgánicas de funcionamiento de la economía capitalista, y adopte luego decisiones técnicas correctas de gestión ateniéndose meramente a esas lógicas orgánicas, (funcionamiento de los mercados, análisis de rentabilidad, evaluación de costos, etcétera) pero errará necesariamente en las decisiones estratégicas si únicamente opera según cómo se desenvuelve el sistema sin considerar el análisis de todos los componentes (sociales, tecnológicos, político jurídicos, culturales) en su evolución histórica.

Desde el momento en que los medios corporativos de comunicación occidentales (incluidos la mayoría de los estatales, que en lugar de analizar la complejidad -producir cultura- comenzaron a “distraer” a los ciudadanos, a jugar el juego de lo “que el público quiere” para competir con el sector privado) se tornaron en meros propulsores de intereses particulares de las más influyentes compañías monopolistas (confundidas acríticamente por el sentido común contingente con el interés nacional), la crisis cultural de Europa y Estados Unidos no ha dejado de acentuarse.

La burocratización en clave posmoderna de la abrumadora mayoría de sus Universidades inyectó a su vez combustible al vació cultural, que no alcanzó al desarrollo de la investigación científico – técnica pues de ello depende sustancialmente la potencia competitiva del capitalismo, pero redujo casi a la nada al empuje revolucionario de la modernidad ilustrada, crítica.

Mientras tanto en China comenzaba a tener lugar un proceso inverso.

Por un lado a partir de la incorporación de cientos de millones de jóvenes a la educación terciaria, -democratización del conocimiento, paulatina conformación de una inteligencia colectiva integrada digitalmente- y por otro se produjo embrionariamente y ahora se está produciendo aceleradamente una revitalización de la teoría crítica -anti ideológica- que tendrá consecuencias revolucionarias de alcance universal.

XI Jinping recorrió durante dos años varias universidades demandando el incremento de la producción teórica en ciencias sociales.

Sobre la base de esa “masa crítica” China comenzará a experimentar en las próximas décadas un salto cualitativo de su nivel cultural, un salto que muy probablemente tenga implicancias tan relevantes para la civilización como la que tuvo la emergencia de la democracia en la Grecia clásica.

Una población esencialmente campesina no accede a las más altas cumbres de la cultura y de la ciencia sin atravesar severas convulsiones y por razones muy hondas (desarrollo neurológico -calidad de la alimentación desde la primera infancia- y transmisión epigenética) en unas pocas décadas, de suerte que el proceso de regeneración cultural de la civilización china (pero ahora integrada al mundo) apenas comienza.

Las sociedades nórdicas, que protagonizaron una experiencia semejante en la segunda mitad del Siglo XX, se encuentran entre las culturalmente más evolucionadas del planeta, pero el autor de este escrito, que habitó en Estocolmo, puede asegurar que todavía allí no se ha alcanzado, pese a que se trata probablemente hasta el presente de uno de los procesos de democratización de las relaciones sociales más consistentes de la historia, el nivel científico técnico y espiritual que caracterizó a las sociedades inglesa y francesa durante el siglo XIX.

Tanto en China como en Rusia, la superación dialéctica de la tradición centralista del poder apenas comienza a experimentarse, mientras que en Inglaterra y Francia se efectivizó a lo largo de tres siglos de durísimas luchas de clases.

Stalin y Mao fueron, desde la perspectiva occidental, (con su acumulado cultural pluralista emanado de severos conflictos de clases, de intereses y culturales -catolicismo – protestantismo – liberalismo – marxismo – y estructuralmente basados en la revolución industrial), rudos personajes autoritarios, pero desde la perspectiva de las poblaciones de las naciones a las que lideraron antes que cualquier otra cosa fueron estadistas que lograron preservar la autonomía espiritual de sus tradiciones y la integridad territorial de sus naciones ante el embate de las potencias imperialistas.

El fundador de la Rusia moderna, en el sentido del ingreso pleno de esa nación a la modernidad, fue Vladimir Ilich Lenin.

Stalin constituyó desde esta perspectiva una involución político cultural, pero desde el punto de vista de la preservación histórico social de una espiritualidad asentada en un territorio, el georgiano jugó un rol clave al liderar la defensa nacional que condujo a la derrota del nazismo.
En el caso chino Mao jugó los dos roles al mismo tiempo. Fundó a la China moderna y derrotó a los imperios británico y japonés.

Tal la razón por la cual serán sometidos culturalmente a crítica histórica únicamente cuando las sociedades de ambas naciones se sientan lo suficientemente consolidadas, adaptadas a las lógicas de funcionamiento del sistema orgánico de producción universal, el capitalismo, como para implementar procesos de democratización de las relaciones sociales tanto en cuanto los componentes propios de la integración social y la dinamización horizontal de la producción como en sus componentes político – jurídicos.

Vladimir Ilich Lenin sostenía que toda evolución cultural necesita de una “cierta base material”, estabilidad democrática, dinamización de la sociedad civil y potencia científico – técnica orientada a la superación de la sociedad dividida en clases.

Esa búsqueda, esa experimentación, es la que caracteriza al proceso económico político de la República Popular China.

¿Cómo influye esa experimentación en el resto del mundo?

Además de los conflictos geopolíticos evidentes que provoca en cuanto que mientras ese proceso tiene lugar en una sociedad de casi dos mil millones de habitantes en occidente se producen fenómenos de concentración de la riqueza poco menos que a niveles previos a los de las revoluciones burguesas, -aunque naturalmente en un estado tecnológico y con un entramado de relaciones sociales más complejo- el fenómeno chino desafía radical y estructuralmente a la economía global en el plano de la innovación tecnológica y socio económica.

En el plano de la innovación tecnológica por razones de escala. Si una sociedad forma a un número de científicos mayor a todo el resto del mundo, hay un momento en que la búsqueda de soluciones prácticas y la resolución de problemas teóricos se realiza a mayor velocidad y con mayor efectividad.

En el plano socio económico siempre y cuando la producción competitiva de riqueza siga organizándose orientada a la superación de la sociedad dividida en clases lo que ocurrirá es una progresiva sustitución de la exclusividad de la propiedad privada sobre los medios de producción más significativos -acumulación de capital- por el despliegue científico culturalmente instrumentado de lo que Marx denominó como una asociación de productores libres cuyo entramado reduce incesantemente la necesidad de las estructuras estatales superfluas.

Esa experimentación incorpora a las prácticas productivas a millones de individuos centrando las políticas de desarrollo no en la especulación sino en la innovación, razón por la cual perfecciona los procesos de comprensión de los dilemas civilizatorios que plantea la producción competitiva de riqueza, los conflictos propios de la relación humanidad socializada / naturaleza / mercado (que se analizan en Los naipes están echados, el mundo que viene)… y tiende por ello a diseñar ingenierías institucionales cada vez más sofisticadas.

Es absolutamente sorprendente observar como China logró, en el plano de la construcción institucional, crear estructuras muy profesionales de gestión del capitalismo en algo más de tres décadas.

No menos de doscientos años le demandó al capitalismo europeo y norteamericano articular una ingeniería técnico – jurídica de control y gestión público-administrativa del capitalismo, (controles de calidad, de la competencia, sanitarios, regulación de las relaciones laborales, administración del ahorro social, instrumentos de financiación de obras públicas y grandes emprendimientos, y un muy largo etcétera).
La respuesta de occidente al fenómeno chino, hasta ahora, es obstaculizar el desenvolvimiento de Huawei… la implementación de prácticas proteccionistas y en las naciones con elites más incultas, la remilitarización de la política como durante el nazismo y el fascismo.

Entre tanto China diseña un andamiaje institucional orientado a crear equilibrios entre producción capitalista clásica, empresas públicas, cooperativas comunales, fomento del emprendedurismo y su apuntalamiento para que las empresas que de ese proceso surgen no sean absorbidos por grandes corporaciones, lo que estimula la democratización de las relaciones sociales de un modo radical.

En los medios occidentales se califica a China mientras tanto como un “capitalismo autoritario”.

No existe sin embargo, no ha existido y no existirá nunca, un capitalismo autoritario y otro democrático, como no existía un feudalismo democrático y otro autoritario.

Los sistemas que reproducen estamentos obstruyen la dinamización productiva de la comunidad, los que extienden la libertad administrando inteligentemente la dialéctica competencia / cooperación facilitan la democratización de las relaciones sociales.

Y así ocurrirá hasta que se inicie la superación de la sociedad dividida en clases a escala universal mediante prácticas científico culturalmente diseñadas.

Los contenidos político – culturales de un modo de producción derivan de sus características orgánicas puestas en conflicto con las relaciones sociales.

Los componentes institucionales y político jurídicos que de esas relaciones, (praxis política, lucha de clases, ingeniería organizacional, articulación de los conflicto de intereses, etc.) emergen de esa dialéctica.

Es la orientación general que surge de la praxis (la experimentación práctica de las clases sociales) la que determina sus contenidos: si propicia la democratización de las relaciones sociales o no.

Contrariamente a lo que afirma el joven filósofo alemán Markus Gabriel, las redes sociales han generado procesos de evolución cultural antes que alienantes, pues para preservar su hegemonía en el mercado las empresas de la nueva economía no pueden exceder algunos límites, en caso contrario se producirán presiones sociales radicales para que sean empresas estatales y asociaciones de productores libres las que administren y posean las infraestructuras (fibra óptica, tecnología 5g) y las responsables de la producción de plataformas y contenidos muy severamente fiscalizados por la propia sociedad.

Y aunque, por ejemplo Google y Microsoft, se plegaron en mayo de 2019 a la lujuriosa lógica proteccionista del gobierno de Trump, las compañías occidentales más lúcidas son perfectamente conscientes de que ingresar en esa lógica desafía a mediano plazo su supervivencia, de modo que buscarán el modo de salir, apenas logren generar las condiciones para ello, de las prácticas proteccionistas y confrontativas, para volver a las prácticas integradoras de la economía mundial.

La tentación monopolista privada como ya ocurrió con las corporaciones productoras y distribuidoras de cine y televisión podía implementarse en condiciones monopolistas de acumulación de capital cuando no existía un desafiante tan competitivo como China, ya no.

Y cada día que pase más acentuadamente no.

En China el proceso de democratización política acompañará en formas originales hoy imposibles de predecir, al proceso de democratización de las relaciones sociales.

Las experimentaciones orientadas en esa dirección tomarán insumos del acumulado cultural occidental, sobre todo los referidos al control del poder, y competirá con un proceso experimental orientado en la misma dirección que desarrollarán a su vez las más cultas naciones de occidente.
Lo que define los contenidos del proceso de la civilización, en cualquier escala, es si la praxis social hegemónica se desenvuelve orientada a democratizar las relaciones sociales o no.

La orientación general es la que determina los contenidos, mientras que la democratización de las relaciones sociales conduce al pluralismo político y la democracia radical, a la lenta extinción del Estado nacional tal y como lo conocimos, la concentración de la riqueza conduce al autoritarismo, a la consolidación transitoria pero en descomposición, del Estado tecno burocrático militarizado.

Como este escrito no procura exponer la complejidad del proceso de democratización de las relaciones sociales que tiene lugar en China (y por extensión en el resto del mundo), sino apenas enunciar su significación histórica, procuremos imaginarlo rústicamente pero observando, (de nuevo, superficialmente) hechos objetivos.

Imaginemos que egresen en China unos 300.000 químicos farmacéuticos por año: una x cantidad será absorbida por las empresas multinacionales o transnacionales que debieron asentarse en China pues en caso de no haberlo hecho hubiesen perdido competitividad y acceso a ese mercado respecto de las que lo hicieran, otro porcentaje será absorbido por las transnacionales Chinas, otro por el sector público de esa nación y finalmente, un grupo significativo procurará con apoyo financiero y técnico desarrollar sus propias empresas para poder mantenerse autónomos ocupando espacios específicos del mercado…

Si las “asociaciones de productores libres”, estas últimas, acceden a capital y conocimiento científico provisto democráticamente, primero por razones de costo y eficiencia, (no burocratización) luego por razones sociales, (las lógicas de la cooperación y la solidaridad van sustituyendo a las lógicas de acumulación si se implementan políticas en esa dirección) tendrá lugar en un momento un conflicto civilizatorio radical: la sociedad china pero también la mundial tendrá que decidir un nuevo modelo de producción a favor de las “asociaciones globales de productores libres” o ceder a la presión de las corporaciones monopolistas y los Estados nación que las apalancan para continuar acaparando (mediante adquisiciones o fusiones) el control de tal o cual mercado: medicamentos, producción de alimentos, nuevas tecnologías, etc.

Este esquema, aquí, se reitera, muy simplificadamente expuesto, es el nudo crucial de las relaciones sociales en las próximas décadas.
No se resolverá en uno u otro sentido, obviamente, hasta tanto las “asociaciones de productores libres” no demuestren ser tan eficientes como los grandes conglomerados apalancados por sus Estados nacionales (o regionales) en términos generales lo han sido aunque propiciando procesos de concentración de la riqueza.

En occidente se han realizado esfuerzos por parte de algunas naciones y conglomerados de naciones (la Unión Europea y Rusia) por evitar los procesos de concentración monopolista privada, pero hasta el presente terminan imponiéndose las políticas favorables a los grandes conglomerados.
La potencia revolucionaria del proceso chino obedece A QUE YA CUENTA con los instrumentos financieros y legales para orientar la dirección política de su proceso de modernización capitalista hacia la facilitación de la emergencia de una multitud de “asociaciones de productores libres” al mismo tiempo que refuerza a sus empresas más potentes orientadas a producir la suficiente riqueza e innovación tecnológica como para participar competitivamente en la fijación de las reglas de juego del comercio mundial y, por razones históricas y geopolíticas, en el desarrollo (mientras no se genera una gobernabilidad política universal) de su industria armamentista en alianza con Rusia.

¿Cuánto tiempo le puede llevar a algunas de las “asociaciones de productores libres” respaldadas por el Estado el diseño y la elaboración de una plataforma que sustituya a Android, si los productores occidentales en lugar de formas colaborativas optan por lógicas confrontativas?

Contrariamente a lo que afirman enfáticamente los exponentes más combativos del capitalismo monopolista de Estado -la articulación de burguesías “nacionales” con las tecno burocracias estatales- las políticas desarrollistas montadas en modelos proteccionistas que desde Trump parecían imponerse como tendencia en el mundo, la solución a los problemas derivados de la socialización universal del trabajo no se resuelve mediante la creación de nuevas castas.

Tampoco, ciertamente, plegándose a las prácticas neoliberales que únicamente benefician a las emergentes poliarquías imperialistas (eso representaba Trump y grotescamente Bolsonaro, pues este último ni siquiera representaba a la burguesía nacional sino a los terratenientes menos competitivos).

La única solución posible a los problemas de la civilización es la organización política universal de la democratización de las relaciones sociales y para que se efectivice, las naciones y bloques de naciones podrán recurrir coyunturalmente a prácticas desarrollistas o neoimperialistas mediante las cuales evitar su descomposición, pero si al mismo tiempo no orientan su praxis estatal nacional o de bloque como China a la democratización de las relaciones de producción no harán más que intentar vaciar con un balde al barquito militarizado con el que navegan en medio de un tsunami y un diluvio.

(Nota: el autor es plenamente consciente de que varios de los enunciados contenidos en este texto provocan en las elites occidentales reacciones irracionalistas. Lo que ocurre es que lo que está sucediendo NO ES lo que parecía que ocurriría tras la caída del Muro de Berlín: al autor de este escrito también le sorprendió el curso de los acontecimientos. Pero negar los hechos porque no coinciden con el sentido común general de una época no contribuye en nada a propiciar lo que para la civilización humana resulta esencial: la creación de un marco conceptual científico cultural que facilite la regeneración de la cultura democrática en occidente a efectos de que la competencia con la experimentación China tenga lugar en el plano político cultural y tecnológico y actúe como propulsora -esa competencia- de formidables avances civilizatorios).

 

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Gerardo Bleier

Gerardo Bleier

Gerardo Bleier nació el 26 de noviembre de 1960. Escritor, Periodista y Asesor en Comunicación Estratégica. Dirigió revistas, radios y programas de televisión. Publico varios libros de poesía entre ellos Ideanimas (Arca) y Cenizas (Artefato) y una novela Cráneo de Vaca (Cruz del Sur). http://gerardobleier.blogspot.com/

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