Ana Pérez Cañamares

La revolución y la poesía van de la mano, entrevista a Ana Pérez Cañamares

La primera vez que la vi fue a través de un ordenador. Era el otoño de mis 23 años, hacía frío, tenía 20 euros y compré con cosquillas en la tripa, Alfabeto de cicatrices, el segundo poemario que Ana Pérez Cañamares había publicado por aquel entonces. Pero… ¿quién es ella y de dónde ha salido? Ana es poeta, juega a saborear las letras y a construir con ellas un diálogo compartido, escribe con puños y corazón, brilla en la intensidad de la tormenta y es capaz de supurar emoción en cada una de sus versos. Por esta razón hoy entrevistamos a esta poeta española para conocer más acerca de ella y de su escritura.

-Ana, ¿la poesía te ha acompañado siempre? ¿Cuándo consideras que fue tu comienzo como lectora? ¿Y como escritora?

-La poesía fue un amor de adolescencia que abandoné por la narrativa durante muchos años. Mientras intentaba escribir una novela tuve un bloqueo importante, y fue entonces cuando apareció de nuevo la poesía. De esto hará unos ocho años. Y aquí seguimos juntas y creo yo que inseparables. Me recuerdo leyendo desde muy pequeña; también comencé a escribir bastante pronto. Tengo por ahí cuadernos de cuando tenía nueve años… Expresarme a través de la palabra resultó siempre algo natural para mí. Quizá porque crecí rodeada de gente bastante mayor que yo.

-¿Qué sientes cuando escribes? ¿Cuál es tu motivación? ¿Crees que escribir tiene un valor catártico?

-¿Qué siento cuando escribo? Es difícil de explicar… Intensidad, concentración, tensión, desnudez… Mi motivación principal es, quizá, desbrozar lo superfluo, hasta que llego a lo esencial, al aprendizaje que necesito en cada momento. Quiero cuestionar lo aprendido de memoria hasta alcanzar la verdad que me sirve de guía, de amarre, de camino, y quiero hacerlo a través de la sencillez, de la precisión, del ritmo y de la belleza. Y que sirva para otros. Esto último es muy importante para mí, y siempre le hago esta pregunta al poema: ¿eres sólo para mí o eres para los demás? Sólo publico los que contestan que sí a la segunda opción.

-¿Qué autores te han influenciado más?

-Mis monstruos favoritos son Yehuda Amijai, Sharon Olds, Szymborska, Harry Martinson… También me han influido mucho autores españoles contemporáneos, a los que considero maestros y compañeros: David González, Gsús Bonilla, Inma Luna, Batania, Cristina Morano, Jorge Riechmann… Y ahora estoy recuperando la lectura de clásicos españoles y sudamericanos: León Felipe, Blas de Otero, César Vallejo, José Agustín Goytisolo, Olivero Girondo…

-Idea Vilariño dijo alguna vez: “Creo que nunca supe cómo iba a terminar un poema, hasta ahora es así. Necesito decir algo; eso es compulsivo. Pero no sé cómo lo diré, aunque al escribir tenga un dominio absoluto de lo que hago, pero desde la primera línea el poema, su ritmo, eso que es imperativo decir me lleva hasta el final, hasta el cierre inevitable”. ¿Sientes que es así en tu caso? ¿Buscas las palabras intencionadamente o ellas aparecen solas dialogando con tus manos? ¿Esperas para escribir cuando aparezca la inspiración o trabajas día a día aunque no aparezca ella?

-Me identifico absolutamente con las palabras de Idea Vilariño. No sé adónde me va a llevar un poema, nunca lo sé. El poema es un paso adelante en el camino, pero antes de terminarlo no sé a dónde me va a llevar ese paso, sólo que es imperativo el movimiento, el aprendizaje. El final del poema es un regalo para mí. Hay una idea, una emoción, una intuición, que están ahí sin forma, como un bloque de piedra, como una nube. El poema es descubrir la forma y el sentido ocultos. Espero a tener la urgencia, la necesidad. En el caso de la poesía, jamás fuerzo la inspiración, aunque el estado de atención y de apertura son indispensables para que en algún momento el poema se presente. Hay toda una gimnasia, una actitud previas que son inconscientes, pero imprescindibles.

-¿Crees que la poesía sirve para el cambio y para la revolución?

-La poesía guía, intuye, anticipa, grita, condena, celebra, dice esto es inadmisible, esto hay que repensarlo, vamos a recordar lo que no puede olvidarse. Habla de lo importante, de lo genuinamente humano, de nuestra fragilidad y nuestra fuerza. La poesía exige lo mejor de nosotros mismos: nuestra honestidad. Repite una y otra vez que no estás solo, que hay un nosotros. Claro que sirve para el cambio. Como dice un poeta amigo mío: la poesía sirve, hay que plantearse si los que servimos (o no) somos nosotros. Una vez que nos atrevamos, la revolución y la poesía van de la mano.

-En tu último poemario “Las sumas y los restos” destripas estos versos de Adrienne Rich: “Vine a explorar el naufragio. Las palabras son intenciones. Las palabras son mapas. Vine a ver el daño causado y los tesoros que perduran”. ¿Cómo llegaste hasta ellos y qué función tienen en tu libro?

-Leí el poema de Adrienne Rich “Buceando hacia el naufragio”, al que pertenecen esos versos, y supe de inmediato que estarían en el pórtico de algún libro mío. Esos versos me siguen obsesionando. Ahí hay todo un plan de vida con el que me identifico; los reconozco como una poética: condenar y celebrar. Acusar y salvar. Maldecir y proteger. Mi libro se organiza alrededor de unos mapas de versos que marcan ese camino, hasta llegar a los tesoros, que son la memoria, el pasado, la herencia.

-¿Te has sentido bloqueada alguna vez frente a una página en blanco? ¿Cómo lo has superado?

-Cuando escribía narrativa, sí. Con la poesía no me pasa, tengo la impresión de que el poema, cuando es necesario, aparece. No me preocupa nada no escribir, confío en que si callo es que no tengo nada importante que decir, sino que es momento de escuchar y leer.

-¿Escribes más de día o de noche? ¿Eres una escritora con ojeras?

-Escribo de día. Yo de noche sólo me dedico al sueño o al insomnio, jaja. Además, una de las tareas que más me impulsa a la escritura es la lectura. Los poemas de los otros me invitan a escribir.

-¿Tienes alguna manía confesable a la hora de escribir?

-Necesito tener el tabaco al lado. Y un vaso de agua o una cerveza. Primero escribo a mano, luego lo dejo reposar y ya paso al ordenador. Y lo normal es que corrija mucho, soy obsesiva y perfeccionista.

-¿Hay algún libro que llevarías contigo a todas partes?

-Poesía nórdica, una antología coordinada y traducida por Francisco Uriz. -Alejándonos un poco del contexto español, ¿qué conoces de la poesía uruguaya y de sus poetas? -Pues conozco a los más conocidos en mi país: Mario Benedetti, Cristina Peri Rossi, Eduardo Milán, Idea Vilariño… pero tengo como tarea pendiente profundizar en ellos, sobre todo en estos dos últimos.

-Para terminar, ¿podrías contarnos en qué proyectos literarios estás trabajando actualmente?

-Estoy terminando de pulir un poemario que está prácticamente terminado, Economía de guerra, que trata en gran parte sobre la situación económica y política. Si todo va bien, saldrá en octubre de este año. Y mientras, sigo escribiendo poemas… ahora estoy escribiendo bastantes poemas de amor. Por suerte.

Con la finalidad de conocer un poco más acerca de Ana, le pedimos a Inma Luna, poeta española y amiga de la creadora, que nos dedique unas palabras sobre ella: “La relación de Ana con la poesía es de absoluta responsabilidad y entrega. Lo que más admiro de su obra es la capacidad de conjugar lo social y lo personal, creando a la vez un universo tan propio como común. Su poesía se acerca a los espacios más comprometidos sin olvidarse tampoco de la tarea imprescindible de defender la belleza y rescatar del olvido episodios que han marcado nuestra historia. Creo que es una de las poetas contemporáneas de mayor fuerza y honestidad, además su poesía ha ganado en sus últimos libros en depuración y rotundidad”.

Foto: gentileza de la entrevistada

 
 

   

 
 

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.







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