imagen - ÍNTIMA - Alejandra González Soca - Centro Cultural Simón Bolívar 8 de Mayo 2015 Foto © Nerea Moreno Felipe

Alejandra González Soca – ÍNTIMA

“Acá lo humano asusta, acá se oye

se ve, se siente sin cesar la vida”

Fragmento del poema Íntima de Delmira Agustini.

 Acceder al miedo, al pánico en estado vivo, adentrarse en la jauría de lo humano, de lo incierto. Entrar en el vientre de la madre que pare o del hijo que grita. Deleitarse con las manos y la vista hasta el suicidio o la elección consciente de seguir con vida.

Alejandra González Soca ha conseguido ir más allá en la historia de Delmira Agustini. Propone un espacio para pensar y sentir. Para acercarnos a la obra de Delmira, sentarnos a leer y escuchar la música de piano que aparece en un cuaderno de la poeta.

De esta forma, genera un lugar de acogida, una atmósfera de absorción y desprendimiento en la que encontramos lanas colgadas que se asemejan a cuerpos. Vellón que recuerda la visión de velas derritiéndose. Sombras en las paredes que parecen vértebras, tierra e imágenes proyectadas sobre ella, y una colección de libros de Delmira.

El viaje es planteado con billetes de ida y vuelta. La permanencia es infinita. La sensación sorprendente.

Si deciden acceder al interior de la cabeza de Alejandra en su formato más físico, no se olviden de acercarse a la libreta de comentarios de ÍNTIMA y leer las palabras Violeta, una niña maravillosa de 8 años.

El lugar: Centro Cultural Simón Bolívar.

El horario: de lunes a viernes de 10 a 17:30.

Abierto hasta el 4 de junio. Mejor ir de tardecita.

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.







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