abel-soria foto: intercambiouruguay.wordpress . com

Abel Soria, Una Sonrisa Pintada

Abel Soria ganó desde hace tiempo un respetado lugar dentro de nuestra cultura. Humorista, cantante y compositor actúa desde 1956 no solo a nivel nacional sino también en Brasil, Argentina y Australia. Con más de una treintena de publicaciones y más de una decena discos publicados. Trabajó en prensa escrita y teatro, y hoy lo sigue haciendo en la emisora radial CW41 de San José, lugar que eligió para vivir.
Editó numerosos discos y libros teñidos siempre por el particular tono jocoso de su obra. Hoy día, trata de explotar también la pintura, como otra faceta no incursionada hasta el momento.
Tal vez se difunda mucho el estereotipo del artista bohemio. Hasta ahora, los pocos “talleres de creación” que había visitado confirmaban la teoría. Pero esta vez, al subir por aquella escalera de madera, las hojas no estaban sueltas. Pocos tachones, una biblioteca ordenada, la máquina de escribir cargada y pronta a disparar. La “oficina de las letras” de Abel Soria y su esposa, se manifestaba con mayúsculas. Mucho orden, un orden serio que contrastaba con la pícara sonrisa de aquel cuadro sin terminar, de la cuarteta atrevida o del verso socarrón. La estera entreabierta dejaba ver la enorme iglesia maragata. En el pequeño segundo piso céntrico estaban libros suyos, que como escondidos, pedían permiso entre las grandes obras. Algunos diplomas, y el “Charrúa de Oro” en una repisa que no lo merecía. Sentado frente a mi, llenando siempre el cenicero, esa enorme voz se me fue transformando. Desde imponer timidez hasta el respeto, para llegar a una cómplice cordialidad.

Humorista sin remedio

De un año a esta parte Abel Soria, quien nunca ha reposado en su actividad como creador, irrumpió en una faceta artística no explotada hasta el momento: la pintura. “Es otra faceta pero también es humorística. No pretendo autodefinirme como humorista pero creo que no tengo más remedio. Me resulta legitimo expresarme humorísticamente”, precisó para dejar en claro que la sonrisa tampoco quedará por fuera de sus cuadros. Cuenta que su afición por el dibujo y la pintura apareció de muy chico, “desde la infancia me sentí dulcemente marcado por muchos dibujantes humoristas. Pero muy especialmente por un argentino llamado Florencio Molina Campos, que llegó a tener una enorme fama merced a una láminas que se difundieron, tanto en Argentina como en Uruguay, con el padrinazgo de la marca Alpargata. Se publicaban desde el año treinta y pico almanaques con láminas donde el protagonista era siempre el paisano en su medio habitual: el rancho, el horno de pan, el palenque, el caballo, el perro flaco, las chinas gordas. Eran características que explotaba con muy buen criterio Molina Campos, que más que un pintor o dibujante llegó a ser definido como un documentador del campo argentino”, asegura con respetuosa admiración.

Confesiones y otras yerbas

En cuanto a sus intenciones sobre su nueva actividad de la pintura confiesa que no pretende tener exposiciones exitosas, a pesar de tener en cuenta que quiere mejorar siempre. Bajando la voz, como en busca de mayor sinceridad, cuenta que sus motivaciones a esta altura de la vida pasan por otro lado. “Es una de las tantas maneras de confesarme que tengo” afirma. Ese es su verdadero objetivo, confesarse, tratar de reflejar la idiosincrasia de las personas y familias a las que dice pertenecer aún. No le teme a la nostalgia y la justifica, ya que toda actividad artística pretende expresarla. Documentar nostalgias que dice “pueden llegar a ser didácticas”, sin olvidar que la generación actual tiene otros criterios así como “el derecho a elegir lo que cree que está bien”. Asimismo Abel Soria deja entrever la esperanza de que lo suyo no sea ignorado en el futuro. Tiene en cuenta que la humanidad evoluciona y afirma que a veces piensa en ello cuando crea, “¿cómo hacemos para eso?”, se pregunta con cierta ironía y sin buscar una respuesta definitiva. Termina su primer cigarro de a charla y con calma lanza un broche de oro al recitar: “Polvo se hará mi guitarra, mi memoria cerrazón; mi nombre puede que muera, mi copla puede que no” para redondear su idea auxiliado como lo hace a menudo por uno de sus referentes: Osiris Rodríguez Castillo.

Vincular antes, comunicar después

Abel Soria tiene años de micrófonos por las radios maragatas y del sur del país. Incluso hoy día posee su audición en vivo en CW 41 Radio San José siendo un conocido comunicador de la zona austral del país. Apoyado por esta experiencia no teme tratar temas relacionados con el tema comunicativo. Relacionándolo con su obra comparte que lo artístico expresa y comunica, pero más que un medio de comunicación considera a sus creaciones como elementos de vinculación, y se detiene para ahondar en la diferencia. “La vinculación implica una cuestión más de sentimiento, más de adentro, más de raíz. Algo puede estar muy bien comunicado y no ser elemento de vinculación precisamente”, afirma metiéndose de lleno en cuestiones que por años han enfrentado a los teóricos de la comunicación. Él siempre da prioridad en la cuestión artística a la vinculación, la comunicación en el sentido de promoción, es algo secundario.
Asimismo Abel Soria considera imprescindible la comunicación con el espectador. Saber qué siente, qué criterios posee, sea un mero espectador de momento, un colega o un solitario con su propia filosofía. “Pintar puede ser un entretenimiento pero es también un compromiso, una necesidad de comunicación” asegura porque cree que lo interesante está en el desdoblarse. En “salir de la cárcel que constituye uno mismo”, a pesar de que el público pueda sentir cualquier otra cosa al ver la obra, lo que también es enriquecedor.

Ser popular aunque la mayoría se equivoque

La obra de Abel Soria estuvo y está del lado de lo popular y lo tradicional. Como cuenta, “el paisano en su medio habitual, el rancho, el horno de pan, el palenque, el caballo, el perro flaco, las chinas gordas”, es lo que lo inspiró a pintar nuevamente luego de cuarenta años. Todo colabora en su propósito de ser parte de lo popular, pero también en el intento de ser considerado por la critica, “creo que todo eso es manejable, es ambicionable” pronuncia pausadamente, teniendo presente que lo último es ya más difícil que lo primero. A pesar de esto sabe bien lo peligroso que puede llegar a ser lo popular en su sentido de mayoría unánime. “El público manda porque es mayoría, pero no siempre porque tenga razón” dice. Reconoce entonces la oportunidad de partir del juicio de las minorías, que aunque tampoco tengan siempre razón, poseen si, el tiempo para pensar que las convierte en lo que son. Partir del juicio que esas minorías hagan de la obra y utilizarlo como plataforma para acceder permanentemente a lo popular.
Dando muestras de su gran hábito de lector, quizás más grande que el de escritor, cita a Jorge Luis Borges para confirmar sus anteriores palabras y encontrar el acreditado respaldo del argentino quien dijo una vez: “yo cuando escribo no me fijo ni en una minoría selecta ni una mayoría avasalladora, escribo nomás”. Con esta frase liberadora de responsabilidad Abel Soria se lanza sin temor alguno a la hora de tomar un lápiz y, ahora, un pincel.

Descubriendo el estilo sin apuros

En cuanto a su estilo Abel Soria no pretende encasillarse. No niega dejarse llevar por la influencia de Florencio Molina Campos, pero se considera en búsqueda de un estilo que “está dentro de nosotros porque se trata de una especie de huella digital interior”. Como tal el estilo debe aflorar para convertirse en rasgo reconocible por “quien nos haga el honor de venir a mirar lo que hacemos” afirma entre risas irónicas. Pero a pesar de ello no se aleja de las posibilidades que lo han marcado como lo que es: un documentador, que critica y denuncia las contradicciones sociales, principalmente del interior del país, sin abandonar ni un instante la ocasión de arrancar una sonrisa.
Cree además en amalgamar lo antiguo y lo actual para potenciar su actividad porque no hay ningún elemento que separe terminantemente una etapa de otra, ”hay algunas cosas que son cotidianas y antiguas al mismo tiempo”. De ese modo es que el paisano de nuestros días vestido con ropas gauchas heredadas de sus abuelos jugando al truco contra una computadora, o el gaucho en bicicleta y no a caballo, pueden reflejarse en sus cuadros. Porque como dice “nadie nos puede tildar de disparateadores porque hagamos eso aunque pueda parecer como extravagante. En la realidad existe y esta existiendo cada vez más.” Y con esta afirmación justifica sus pintorescos y coloridos cuadros que también existen cada día más, convirtiéndolo en un polifacético del humor.

La charla continuó con el grabador apagado. El hombre de la voz ronca siguió tirando datos y contando anécdotas atrapantes que escapaban a cualquier pregunta. Pero también, escuchando y preguntándome de varios temas.
En un momento, cerró los ojos para aspirar la humareda del cigarro de turno, “que corta es la vida, habiendo tanto que aprender” dijo. Y de esa afirmación tan humilde, entendí por qué le importaba también, lo poco que yo podía contarle.

*Entrevista realizada a Abel Soria en San José de Mayo, Setiembre de 2004

Imagen portada: intercambiouruguay.wordpress.com

   

 

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Mauricio Conde

Mauricio Conde

Nació en San José el 23 de mayo de 1983. En 2010 conoció a Federico Meneses, impulsor de óbolo cultural y más tarde de cooltivarte.com, y se incorporó como co-director y editor responsable de ese medio digital. En COOLTIVARTE también redacta y diseña artículos, entrevistas e información sobre el quehacer artístico y cultural existente en el país. Siempre curioso por seguir aprendiendo elementos vinculados a la cultura, el arte y la educación.







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