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A seguir desacatando, a seguir apropiándose. Las Taradas en La Trastienda

Espero a Eli sin tener ningún cigarro conmigo. No recuerdo haber ido a ningún toque en La Trastienda, y me queda tan cerca de mi casa que fue casi tan sencillo como calzarme e ir, después de una siesta improvisada. Esta vez llegué temprano (temprano sobre la hora, pero temprano), y me dedico a observar la puerta.

Me siento un poco pendeja, pese a tener un abrigo que me envejece un par de años. A mi alrededor, calculo 30 como el promedio de edad. Lo sé por sus caras y porque toman vino en botella. Se sientan en grupos de más o menos cinco personas. Llegan algunas parejas de veteranos y de vez en cuando alguien que estaba esperando se encuentra con su pareja. Algunas son mujeres que esperan a mujeres. Otras no.

Llega Eli, viene haciéndome señas desde hace media cuadra. “Lo que pasa es que a ver estas cosas vienen mujeres. A los hombres no les gustan estas cosas”. “Yo vi un par de hombres”, le digo, defendiendo lo indefendible. “¿Sin pareja?” me dice y me deja en jaque. Lo vuelve mate. “Es una banda toda de mujeres”. Habiéndole entregado tristemente la discusión como envuelta en un pañuelito, me doy cuenta. De alguna forma, habiéndolo querido la banda así o no, estamos en un contexto de lucha. Otra vez haciendo la lucha.

Entramos y nos ponen un sellito. “No tiene tinta”, le decimos a la mujer, que inmediatamente nos muestra que el sellito se ve con esa luz que tienen en los bailes un sello brillante. Nos empezamos a reír como locas de nuestra inocencia, el señor de la puerta nos hace pasar fijándose con una linternita. Entramos.

La Trastienda es grande pero es distinto de lo que acostumbro: hay un escenario y un montón de mesas y sillas. Una barra, una tarimita donde nos indican que va prensa. Eli prueba un poco las luces, la gente se ubica y entran ellas todas. Un montón de mujeres, más precisamente entre ocho y nueve según la canción, nos invitan a bailar “sin revolear las sillas, con amor”. Las Taradas. Que no son para nada taradas. Son un grupo de mujeres instrumentistas, cantantes, graciosas, y que no paran de bailar. Son todas distintas, como si hubieran planeado ser todas así de distintas, sin embargo todas enérgicas y casi todas meten algún bocadillo en el micrófono, algún chiste, algún comentario. Ruidosas y escandalosas y femeninas, todas ocupan su espacio sin entorpecer el de las otras, acompañándose en su individualidad.

Si no me falla la memoria, abren con Coming home baby. Luego suena una canción que no conozco y que dice “bate que bate” y la gente aún no va queriendo moverse. Presentan a Irupé (“a Irupé la trajo la crecida”) y a (¿puedo haber entendido…?) Roberta Suárez, local y percusionista. Siguen con un par de temas más mientras el baile no se concreta debajo del escenario pero sí arriba, moviéndose, cambiando roles, experimentando y jugando. Copando Copacabana, Bei mir bistu shein (aquí la baterista toca parada y canta la violinista), y cuando llega Otorrinolaringólogo preguntan muy elocuentemente: “¿Hay algún otorrino en la sala? ¿No? ¿Cardiólogo, entomólogo? ¿Por lo menos algún odontólogo?”. La sala permanece en silencio. “No es lo mismo dentista que odontólogo”, aclaran y empiezan. Quienes no cantan, bailan; quienes no tocan, cantan; siempre propias y bellas y frescas.

Luego llega Teco Teco y dicen con un aire de ‘te lo dije’: “De a poquito se van parando, ya van a ver”. En No me entiendes ya se va vislumbrando un poco el baile, y a posteriori escuchamos por primera vez a la bajista. “Nos lo hemos propuesto”, dicen, con respecto a vernos bailar. “Tenemos un par de medidas levemente tiránicas igual”. Dicen que su público anterior de la Sala Zitarrosa bailó, cuenta la leyenda. De a poco el de La Trastienda se va irguiendo para hacer lo mismo. Para la siguiente canción (en francés, porque repasaron casi todas las lenguas latinas ya y alguna en inglés también hicieron) ya hay 14 personas bailando. Aumenta el número hasta que llegamos al 50% de la sala, como bien indican. “¿Quién da más?”, preguntan. Ya nos ponen en situación, haciendo un medley de canciones bailables, que tiene de todo lo que hay que tener: Qué tendrá el petiso, la Macarena, Bombón asesino, La pollera amarilla… y allá vamos terminando con La preferida y Canción del Jangadero en el punto más alto del baile. ¿Cómo, no tocaron Que no, que no? Ahí vuelven. ¡No nos iban a dejar sin Que no, que no y Santamarta! Las mesas ya ni existen, es decir: no desaparecieron, y sin embargo no se ven más, todo el mundo baila.

Cuando termina, Eliana y yo, muertas de sueño y cansancio, de haber entrenado, de haber ido a los pedos a todos lados, vamos rumbeando hacia una cerveza, con una alegría extraña, sin embargo. Nos encontramos con Vane (llena de energía) que nos dice feliz, “¡Se me hizo muy corto!”. Hay algo en la alegría femenina que aún está prohibido; en la alegría del desacato, del despelote, del baile y del quilombo: cosas sobre las que cantan y bailan Las Taradas, y nos transmiten en una militancia artística que somos dueñas de nuestros cuerpos y de nosotras. A muchas personas esto no les hará gracia. Mucha otra gente nos acusará con grandes ademanes de hippies, de “lesbianas”, de “feministas”, quizás lo somos: quizás todo, quizás parte. A seguir desacatando, a seguir apropiándose. ¡Gracias, Taradas!

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Mad Madelaine

Mad Madelaine

A diferencia de su progenitora, no nació, sino quizá apareció, con la única misión de fundar y administrar el Primer Club de Fans de los Fideos con Manteca y Queso. Como ocurre con los clones, y los viajes en el tiempo, algo salió mal y Mad Madelaine fagocitó a quien escribe adquiriendo sus superpoderes: Nació el 6 de Marzo de 1991, estudia Lingüística en Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, y puede correr a la velocidad de la Luz.







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